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martes, 2 de mayo de 2017

Grimdark, o la aceptación de la derrota

A medida que la sociedad occidental se adentraba en el turbulento S.XXI, marcado casi desde su nacimiento por la sed de venganza, el miedo paranoide y una creciente sensación de incertidumbre, hemos pasado de hacer de la fantasía algo que introduce una cuña en la realidad, una diferencia en la realidad, que plantea alternativas, propuestas e incluso, por infantil que resulte, escapismo, a dejar que la fantasía se impregne de realidad, a buscar activamente una fantasía más próxima, más “realista”. Pero, ¿qué entendemos por “realista”? ¿Qué entendemos, de hecho, por “realidad”? ¿Podemos abarcarla en su totalidad, podemos siquiera definir sus contornos con precisión? Por lo tanto, cuando decimos que sub-géneros como el grimdark tienen “más realidad”, ¿de qué hablamos exactamente?
La famosa máxima de Lyotard plantea que vivimos en un tiempo de máxima incredulidad frente a los grandes relatos, a los que el filósofo da por cerrados o, por decirlo en un término más crudo, por muertos. Lyotard empleaba la expresión “grandes relatos” para referirse fundamentalmente al marxismo, la única alternativa viable al sistema capitalista durante el S.XX. Con la caída del Muro y la hegemonía del capitalismo, vestido con el traje neoliberal, se dan por clausuradas las alternativas sociopolíticas: se asume la muerte de los relatos, la llegada de una nueva, global y definitiva hegemonía, de la cual gestionar sus diferencias identitarias y culturales, sus mecanismos técnicos y económicos, mediante la labor no de políticos sino de tecnócratas. Fukuyama clavetea la tapa del ataúd afirmando nada menos que el fin de la Historia.
Vivimos por tanto en un tiempo en el que no se contempla la existencia de alternativas. Como plantea Jameson, la ubicuidad de las películas referidas al apocalipsis y su prevalencia por encima de las historias utópicas tiene un motivo: es más fácil imaginar el fin del mundo que un mundo sin capitalismo. Sin embargo, dentro de la incredulidad presentada por Lyotard se da una credulidad absoluta: la del relato apocalíptico, del agotamiento y la catástrofe, la del dirigirse aceleradamente hacia el colapso, en una suerte de paso de la condición posmoderna a la condición póstuma que plantea Garcés. ¿Dónde ha quedado la tan repetida incredulidad, esa supuesta apertura de posibilidades, ese horizonte inabarcable en el que construir la subjetividad?
Esta aceptación crédula, dócil, de la hegemonía capitalista, esta derrota admitida en la elaboración de cualquier relato, se ha extendido a una aceptación igualmente crédula e igualmente dócil con respecto a la naturaleza humana. El capitalismo siempre ha gustado de presentar al ser humano en su faceta depredadora, defendiendo el potencial productivo de un supuesto núcleo animal, cruel, competitivo, amoral y nihilista en el interior del ser humano. Desde los yuppies de los años 80 a los paramilitares de los 90, desde los terroristas de principios de milenio a los gobiernos que declaran guerras, asesinan a supuestos narcotraficantes o reciben a palos a los refugiados, se ha construido una retórica acción-respuesta de la violencia, una necropolítica, basada en justificar la acción violenta no por su potencial revolucionario, sino precisamente para lo contrario: para asegurar la pervivencia del sistema, para garantizar que las cosas se mantienen como están, en nombre no del cambio radical o de la subjetividad, sino de la repetición acumulativa, la aceptación pasiva de una maldad nuclear que debe aceptarse, gestionarse para el beneficio propio o, incluso, admirarse.
La admiración de la violencia estructural es inherente al discurso capitalista. El capitalismo no abomina de la violencia fascista, del abuso totalitario, del dominio absoluto: echa mano de él en periodos de crisis. La retórica trumpiana, que celebra sin tapujos las acciones más duras de Duterte o Erdogan, con el beneplácito del Partido Republicano y de un porcentaje casi total del electorado, no es más que la forma visible de la admiración de la dureza, de la celebración de la brutalidad, en cuanto acoge la violencia intrínseca en el ser humano y la emplea de forma resuelta, indiscriminada. Hasta la violencia contra las mujeres, como en la vergonzosa grabación de Access Hollywood, se viste de informar cháchara de gimnasio, se ve como algo tolerable. El “fuck your feelings” de la ultraderecha estadounidense es el insulto nihilista de quien quiere mantener la violencia estructural y ataca a quien la rechaza, tachando su indignación de blandura.
El grimdark se inscribe en esta aceptación pasiva de la violencia. En realidad no es un género particularmente afirmativo. Se asume la violencia general, la corrupción, la violación. No se reacciona ante ello. Se consideran, todas ellas, constitutivas de la naturaleza humana y de las sociedades que puede llegar a creer. Del mismo modo que el sujeto de rendimiento contemporáneo acepta la corrupción, la destrucción del medio ambiente, la mentira política o la violencia, el grimdark asume como natural la violencia que retrata y en la que se recrea. Responde a la crítica con una defensa predecible: solo está llevando la realidad a la fantasía. ¿Qué parte de la realidad, exactamente? ¿Qué forma de ver la realidad? Y lo que es más importante: ¿qué forma de encarar la realidad?
El grimdark traslada a las páginas de la fantasía la aceptación pasiva y nihilista de la violencia. Cuando se combate, cuando se lucha, no se hace desde los valores o la moral: se hace desde el beneficio del mercenario, el desengaño del antihéroe, la obligación del explotado, la credulidad del ingenuo listo para morir o para ver sus ilusiones hechas añicos. Los valores se consideran herramientas, en el mejor de los casos, o molestos lastres, en el peor, del mismo modo que los relatos, las reivindicaciones, se ven como algo superfluo, ingenuo. Medios de protesta legítimos, como la manifestación o la huelga, son descartados en la vida real con el mismo desdén con el que valores afirmativos, como el coraje o la amabilidad, son desdeñados en el grimdark. Se ha trasladado algo a la fantasía, efectivamente.
Hay algo profundamente dócil en todo esto. Una lectura de Debord nos pone sobre aviso con respecto al nihilismo, al desdén frente a los proyectos políticos alternativos, al cinismo del descreído: no son, como podía parecer, construcciones propias. El nihilista que desprecia lo bello, lo valioso, es realmente el menos librepensador. Es el que ha asimilado hasta el tuétano un discurso altamente ideologizado, construido intencionadamente, el pensamiento del capitalismo en su fase avanzada como lo caracteriza Jameson. El cínico desdeñoso es el más bajo de los esclavos, el esclavo doméstico al que señalaba acusador Malcolm X, que ve la casa del esclavista y afirma: “qué casa más bonita tenemos, señor”. El esclavo doméstico al menos celebraba la belleza de la casa colonial. El esclavo doméstico actual se conforma con su miseria, se encoge de hombros ante la injusticia, asume como inevitable la maldad, acusa de idealista, de inocente o de iluso al revolucionario, al constructor de alternativas, al que reivindica, protesta y lucha.
Durante años se acusó al género fantástico de ser una serie de fantasías de poder masculino: conquista, sexualidad normativa, combate, sangre y aventura. En la actualidad, el personaje nihilista y cínico es la proyección contemporánea, la fantasía de poder actual: la del esclavo doméstico ideologizado que se considera distinto por abrazar su nihilismo más que nadie, auto-denominado “lobo solitario” (¡qué expresión tan manida, tan pesada, tan desagradablemente olorosa!), que encuentra acomodo a sus medios en sus fines. El defensor del género literario aquí criticado expondrá que en la fantasía tradicional se revestían los mismos objetivos egoístas de ética rimbombante, lo cual resultaba aún más pernicioso. Aún siendo así (la situación acepta muchos más matices, pero aceptemos la simplificación por mor del argumento), en la actualidad también se viste el egoísmo de otro disfraz, el disfraz que niega ser disfraz, disfraz de no-disfraz: el héroe viste su violencia de moral; el antihéroe grimdark viste su violencia de resignación.
Donde hay violencia, no podía faltar machismo. La mujer no es valorada en cuanto mujer, sino en la medida en que actúa como hombre. Es valorada cuando mata, cuando violenta, cuando agrede, cuando reproduce conductas asociadas a la masculinidad (beber, maldecir), cuando es promiscua. Del mismo modo que una mujer con pantalones es aceptada pero no un hombre con maquillaje, que la mujer adopte elementos típicamente masculinos es positivo, mientras lo femenino sigue siendo rechazado doblemente, por femenino y por inútil en un mundo construido sobre unos cimientos masculinos. La mujer vale como guerrera, madre o prostituta. Hasta la presencia de homosexualidad se salpica en seguida de violencia, de agresividad, como si solo se tolerase al gay híper-masculino.
La violación es un tema sumamente tratado, y el lector interesado en esta cuestión encontrará fácilmente perspectivas feministas muy relevantes a este respecto. La violación queda presentada como habitual. Como inevitable. La violación para provocar la ira del personaje protagonista, que se lanza hacia el villano con celo vengador, en una retorcida y estomagante versión del relato de la doncella en apuros y el caballero de brillante armadura. La violación como parte constitutiva del relato. La banalización de la violencia de la que hablaba Arendt es ahora la banalización de la violación. La mujer como cosa consumible en un mundo de hombres, como objeto a merced de un mundo construido en torno a la cultura de la violación.
Este mundo oscuro, violento y corrupto no se presenta como contexto a cambiar con urgencia, sino como una suerte de eternidad: del mismo modo que se ha perdido la narratividad del tiempo, que ya no hay una teleología, tampoco parece haberla en este sub-género de la fantasía. Por supuesto que la violencia siempre ha formado parte de la historia, pero la aceptación pasiva de la violencia es un invento muy moderno, o fruto de una lectura muy sesgada y muy ideologizada de lo posmoderno. Sin embargo, en estos libros se erige en elemento central de la temporalidad: siempre se ha percibido de la misma manera, y el encogimiento de hombros ante la carnicería se extiende siglos atrás, como se plantea que se seguirá extendiendo siglos en el futuro.
No hay sitio para la utopía, para la alternativa. El grimdark es la inoculación de la derrota en la fantasía, del nihilismo que hace el juego al capitalismo hegemónico, planteando la miseria, el horror y la violencia ni siquiera como la menos mala de las opciones, sino como el único mundo posible. ¿Y esta, la nuestra, es la sociedad descreída que supuestamente rechaza dogmatismos? ¡Pero si ese es el más burdo de los dogmatismos, la más grande de las pastillas ideológicas que nos hemos tragado colectivamente!
La fantasía debe recuperar su condición de alternativa, su apertura, ser horizonte de posibilidades, de opciones, de ideas, de utopías. La fantasía puede y debe introducir la diferencia constructiva, la reivindicación de aquello que merece ser conservado, porque también esta idea miope de que todo debe ser destruido es asumir que es preferible la muerte al cambio; que o esto, o el abismo. La fantasía puede acoger en su seno una infinidad de visiones, de propuestas dadoras de sentido. Puede participar de la verdad. Aceptar pasivamente el mensaje derrotista del nihilismo tardo capitalista es admitir la claudicación de toda posibilidad, aceptar no una realidad dura, sino un relato falaz, mentiroso, interesado y guiado ideológicamente: que el ser humano no es más que un depredador entregado a la competición, la productividad, la amoralidad y la satisfacción inmediata del deseo.
Es importante repetir este punto: no puede definirse como escéptico ante todo relato quien considere verdaderos los planteamientos antes mencionados. Creerlos y construir una visión del mundo a partir de ellos es un relato, de hecho es “el relato”. En las inmejorables palabras de Marina Garcés, hay que hallar la incredulidad dentro de la credulidad. Hay que abrirse a la alteridad, pues en ella se encuentra la alternativa. Hay que plantar cara a un relato que nos hace agachar la cabeza, pues fantasía es posibilidad, y lo que se busca este discurso hegemónico es que renunciemos a toda posibilidad. Si decidimos hacerlo, si damos por perdida toda alternativa, entonces tal vez sí sea ese, y solo ese, el momento de abrazar el más completo de los nihilismos, aceptar la derrota y la nada que la acompaña.

lunes, 3 de febrero de 2014

Batería de novedades de Febrero

Febrero ha empezado movido y con muchas cosas que contar. Vamos allá sin demora.


Iria Parente -amiga, fuente de risas, lectora cero, bloguera, próxima vecina en las más altas montañas y futura editora implacable que os hará sentir como Paris bendecido cuando acepte incluir vuestros manuscritos en los planes de la compañía que capitanee- ha subido una videoreseña de El Rey Trasgo, comentando brevemente sus impresiones de la primera parte y analizando Títeres de Sangre. ¿Su veredicto? Sobresaliente. Un trabajo que supera al primero en muchos aspectos y que deja ese regusto amargo propio de las historias tristes. Así que yo, feliz. Hacedme el favor y seguidla de cerca si os interesa la literatura, ya sea la juvenil -en la que se especializa- o en la general.


Yo, madafackas! Barb Hernández revela los entresijos de cómo se forjó el equipo creativo que ha hecho del trasgo lo que es, allá cuando el mundo era joven y las montañas eran muy altas. ¿Cómo hemos pasado de tantearnos con el palo de la cordialidad a comunicarnos en base a distintas modulaciones de gritos? ¿Es verdad eso de que ha sido nombrada Suma Guardiana de los Spoilers y que ya tiene pensadas las portadas de las tres entregas restantes de la saga? ¿Cómo reacciona un autor cuando su portadista le dice "me da igual lo que pienses, El Cuervo va a ser portada"? ¿Qué hacéis leyendo esto aún? ¡Al vídeo, manada, al vídeo, que ahí está todo lo bueno! Luego ya si eso volvéis.

Los chicos de Luces en el Horizonte me hicieron una entrevista en la que hablamos sobre planes de futuro, qué me pareció el mapa de Pablo Uría para Títeres de Sangre y que estoy escribiendo ahora mismo. No, no está relacionado con el universo del trasgo. No, no tardaré en volver... Pero el cuerpo me pide otra cosa. Algo más metálico, mugriento y familiar. Yo ya me entiendo. También hablan de Accept y de "Atrapado en el tiempo", así que os invito a escuchar el programa entero.


Aquí sí que hay para rato. Para MUCHO rato, pero MUY divertido. El Búnker Z me invitó a coger el hatillo y pasarme por su pequeño reducto de supervivencia en el yermo: me ofrecieron comentar cosas acerca de Frank Miller y yo no podía declinar una oportunidad así. Hacemos un pedazo de repaso a la obra de Miller, desde Daredevil y la influencia oscura que dejó en el personaje a Sin City, esa novela de caballería moderna en la que los pistolones sustituyen a las lanzas y el dragón malvado sigue acumulando oro, lleno de codicia. También hablamos de DK, DK2, 300 y esa basura infecta llamada Holy Terror. Agradecido, además de al equipo del Búnker, a Chema de la Fuente por darme pie a tantos comentarios y hacer que la conversación fuese tan amena y entretenida: da gusto charlar con alguien que pilota de lo que habla. En la entrevista propiamente dicha hablamos de cómo nació el mundo del trasgo, las nacionalidades que lo pueblan, romper héroes y manchar la luz. Todo muy bonito. Animaos: Ángel y Sara trabajan mucho para sacar adelante un programa de radio variado y entretenido y merecen orejas que los escuchen.

En este último mes ha habido dos reseñas que me han hecho mucha ilusión, por venir de Chema Mansilla -que se compró El Rey Trasgo sin tener ninguna expectativa y ahora se declara banderizo de la saga, cosa que no podría hacerme sentir más orgulloso- y otra es de Athman M. Charles, gurú de la blogosfera literaria y editor de La Pastilla Roja. Ambos están de acuerdo en que Títeres de Sangre confirma y supera las impresiones de la primera entrega de la saga, con un estilo más ágil y una historia que se sigue disfrutando. Podéis encontrar enlaces a ambas reseñas en la sección de reseñas: echadles un vistazo si aún os estáis planteando el entrar en el reino más tenebroso a este lado de la fantasía.

Próximamente subiré una crónica de la presentación en Manhattan Cómics, donde los trasgos conquistaron todo lo conquistable con la colaboración de las espadas locales. ¡Hasta pronto!

miércoles, 19 de junio de 2013

El poder de las reseñas

Hace tiempo me pidieron que comentase cosas sobre reseñas, así que allá voy. Suena Loreena McKenitt, que recita a San Juan de la Cruz (¡Oh noche que me guiaste!, ¡oh noche amable más que el alborada!, ¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada! Sencillamente maravilloso...).

Primera parte — Qué busco en una reseña

Un poco de experiencia personal: empecé a escribir reseñas de cómics hace ya once años, para la web de cómics Zona Negativa, donde aún tengo el privilegio de hacerlo semanalmente. Disfruto mucho apuntando, a veces de forma muy breve, a veces extendiéndome, los motivos por los que creo que una obra funciona o no funciona. Un momento, ¿funcionar? Funciona una máquina, o un medicamento, ¿podemos hablar de “funcionar” cuando hablamos de una obra literaria? ¿Es apropiado aplicar un término tan frío, tan dicotómico, a lo que no es sino un pedazo del alma del autor, su romántico mensaje en una botella? Vaya si podemos. Y debemos, en mi opinión, por motivos que desarrollaré a continuación. Detrás de cada libro, de cada cómic, de cada película, hay un objetivo: el más frívolo es ganar dinero con ello y su éxito en este aspecto —comercialidad de la obra, para entendernos— me interesa solo como observador; los que a mí más me atraen son: transmitir un mensaje, provocar sensaciones y hasta sentimientos, contar una historia y retratar a unos personajes.

Dicho de otro modo, en la mayoría de los casos al autor se le presuponen aspectos como la intención creativa, un cierto grado de ideación, capacidad narrativa y, por el amor de todos los dioses con barba, excelencia ortográfica —no voy a detenerme en este punto que considero obvio: si no sabes escribir, lee hasta que aprendas; entonces puedes empezar—. Aquello que, a mi parecer, es interesante evaluar es hasta qué punto el autor consigue materializar esa intención en una obra que transmite aquello exactamente que quiere transmitir. ¿Significa eso que, para mí, que una obra funcione o no depende de que yo capte exactamente el mismo mensaje que el autor pretendía? No, en absoluto. Adoro que una lectura dé como resultado una conclusión distinta a la que el texto propone. Pero si lo que acabo de leer pretendía transmitir un mensaje profundo y relevante y no encuentro sino superficialidad; si su objetivo es provocar tristeza o hasta cierta congoja pero no consigue tocarme el corazón; si aspira a contar una historia compleja que solo resulta deslavazada; si quiere dibujar personajes complejos que no resisten el más mínimo análisis y se antojan simplistas… entonces estamos, bajo mi criterio, ante una mala obra.

«Alberto, estúpido a la par que encantador avatar de Cernunnos», dirá alguien con esas mismas palabras, «¿y si el autor pretendía crear una historia mal hilada con personajes simplistas —que no simples—, es la obra un éxito?». No, la obra es basura y no debería haber sido publicada. Ya me entendéis, maldita sea. Lo que quiero decir es que, desde mi punto de vista, la reseña ha de ir más allá de la opinión, el punto de vista subjetivo, y fijarse en aspectos contrastables teniendo siempre en cuenta que el reseñista es una fuente parcial, con sus manías y sus gustos: humana, en definitiva. Pero sí creo que el potencial comprador valora el hecho de que se diseccione el texto en busca de los motivos por lo que sí funciona, objetivamente, en vez de tener que deducir si su criterio personal y el del reseñista coinciden. He dado con reseñistas cuya opinión he llegado a valorar a la inversa: si tachan algo de mierda, seguramente me guste; aquello que recibe su aprobación posiblemente me resulte un pestiño pretencioso y carente de dirección.

Os pondré dos ejemplos prácticos: ¡Guardias! ¡Guardias! de Terry Pratchett y el arco argumental Auge de Arsenal, de varios autores a los que haré un favor manteniendo en el anonimato. 

¡GUARDIAS! ¡GUARDIAS!

Comedia fantástica de calidad.
Sobresaliente.
¿Transmite un mensaje? ¿Estás de broma? Transmite una docena de mensajes. Sobre el poder, la manipulación, la responsabilidad, la crianza, la amistad, el estatus quo, el valor. Lo hace de forma sucinta, con humor, un lenguaje cuidado a la vez que comedido, mediante observaciones agudísimas y comentarios discretos de gran peso.

¿Provoca sensaciones y hasta sentimientos? Provoca carcajadas, sonrisas de complicidad, compenetración, compasión, épica, peligro, piedad, conmiseración. Hay páginas que, presentándose como meros gags cómics, encierran una capacidad de emocionar al lector superior a la de libros enteros que aspiran a lo mismo.

¿Cuenta una historia? La historia está bien hilada, estructurada y narrada, es sólida y entretenida, y aunque puede llegar a perder un poco de fuerza en torno a la mitad de la obra, una presentación impecable, algunos giros inesperados y el estupendo cierre garantizan una valoración más que positiva en este apartado.

¿Retrata a los personajes? Ejemplos de personajes simples pero no simplistas. El capitán Vimes, el patricio o el encantador Zanahoria son maravillosos en su sencillez y están perfectamente retratados a nivel de personalidad y motivaciones. Pratchett se las apaña para caracterizar a un orangután que habla con monosílabos. Haz tú lo mismo, venga.

AUGE DE ARSENAL

Para esto lees cómics de superhéroes, ¿verdad? Para leer
sobre disfunciones eréctiles. La respuesta del chaval, para
enmarcar. Esta patochada no merece tu dinero.
¿Transmite un mensaje? Si pretendía transmitir un mensaje de superación de las adversidades y renacimiento, fracasa estrepitosamente a todos los niveles. Terminas de leerlo y la sensación de vacío, de intrascendencia, se adueña de ti. No hay un mensaje, no hay una historia, no hay nada. Hay una sucesión de escenas melodramáticas sin contenido.

¿Provoca sensaciones y hasta sentimientos? Provoca un fuerte sentimiento de rechazo, sí. Lo único que consigue es que sintamos lástima por el personaje: no lástima constructiva, sino lástima de “que alguien acabe con él, por favor”. Provoca aburrimiento, por su torpe narrativa, y hastío, por su intrascendencia. Cualquier sensación es superficial y temporal.

¿Cuenta una historia? La básica premisa se estira como chicle y pierde la dirección varias veces en cuatro ejemplares, que debe ser una especie de récord. Además, es una historia débil que no consigue atrapar al lector, sin garra, sin intriga.

¿Retrata a los personajes? Retrata a un guiñapo que busca ser trágico y oscuro y profundo y solo consigue resultar patético. Los personajes secundarios son planos y sin gracia. Las nociones más mínimas de caracterización ni están presentes ni se las espera.

Eso es lo que busco en una reseña, como autor de la reseña y como autor de un libro. Cuando soy yo el que reseña, a veces trabajo con cómics de 24 páginas que no merecen, por la falta de espacio, ser sometidos al riguroso análisis que sí aplicaría a un arco argumental o a una novela, pero en líneas generales es aquello en lo que me fijo y a lo que más peso otorgo —una vez cubiertos los estándares de calidad exigibles en cuanto a calidad de la escritura, pero insisto en que no tendríamos ni que hablar de ello—. Y también, por supuesto, es lo que busco como autor: una valoración tipo “me gusta/no me gusta” es perfectamente válida y puede ser orientativa para el lector, aunque a mí desde el punto de vista creativo, si queréis llamadlo “profesional”, no me resultan tan jugosas, aunque me pueden ayudar a confirmar que el libro está gustando o no está gustando. En cualquier caso, las reseñas no están pensadas para ir dirigidas al autor… aunque este las tenga muy en cuenta. Lo cual me lleva al segundo punto.

Segunda parte — Cuál es la influencia de una reseña

Ahora la señorita McKennit canta “La dama de Shallot”, parte de mi Santa Trinidad de canciones de la canadiense. Vamos al grano. Jorge Lara, de Fantasymundo, fue quien me preguntó si tenía en mente escribir un artículo sobre la influencia de las reseñas. Antes de hablar sobre ello, me gustaría compartir con vosotros una anécdota, la que considero una de las más gratificantes y satisfactorias de mi trayectoria como reseñista. En una edición del Saló del Cómic de Barcelona, el creador y alma mater de Zona Negativa, Raúl López, me apremió a ir a saludar a un autor.

—Me ha dicho que las reseñas que escribimos de su obra —me dijo, pues habíamos escrito una reseña cada uno— ha despertado mucho interés y eso se ha notado en las ventas.

La figura del crítico, en la película Ratatouille
y en buena parte del imaginario colectivo.
“Se ha notado en las ventas”. Algo que yo había escrito, sin más objetivo que analizar un cómic y compartir mis impresiones con los lectores, había tenido un efecto tangible y esos mismos lectores hacia los que me dirigía habían decidido emitir un doble voto de confianza: a mí como reseñista y otro para el autor. Y lo habían hecho en un número suficiente como para que la editorial enarcase una ceja y se lo comentase al autor. Decir que fue algo inesperado es quedarse corto. El viejo mito dibuja al crítico como un ser huraño que se dedica a torpedear obras, a desmerecer trabajos y a humillar a autores, cuando la realidad es la opuesta: la mayoría de reseñistas que conozco buscan lo contrario, separar el grano de la paja, dar palos a quien merece los palos y ensalzar a quien merece ensalce precisamente para que el dinero de los lectores vaya hacia quién, en su opinión y bajo su análisis, más lo merece. 



El caso es que lo conseguí una vez y es suficiente. Es uno de los recuerdos más gratos que conservo de ningún Saló: escribo reseñas porque me da la real gana y un efecto positivo en las ventas es solo un efecto secundario inesperado… pero es muy satisfactorio, precisamente porque ni lo esperaba ni trabajé para ello. 

No obstante, conviene tener algo en perspectiva: Zona Negativa es una web con casi dos décadas de experiencia a sus espaldas, un trabajo colosal que la sostiene día a día, un equipo de denodados colaboradores y que cuenta con miles de visitas al día. Tiene, por lo tanto, una exposición mayúscula. ¿Qué quiero decir con ello? Quiero decir que el poder de una reseña se sustenta en la calidad/credibilidad, el tiempo y la exposición. Si cualquiera de los tres pilares falla (mucha calidad y exposición, pero poco tiempo de presencia en la web; mucho tiempo y calidad pero poca exposición), lo normal es que el efecto de la reseña sobre el mercado sea muy tímido o directamente imperceptible.

En un sector más pequeño, como puede ser la literatura de género en España, un número suficiente de reseñas puede traer consigo no tanto un pico en ventas como un goteo sostenido: un lector se interesa por la obra y después de comprobar que tiene un elevado número de valoraciones positivas de fuentes que considera fiables, se lanza a darle una oportunidad. Lo he notado con El Rey Trasgo: no he tenido constancia de ninguna reseña que suponga un incremento sustancioso y puntual de las ventas. Sin embargo, con el tiempo el libro ha cosechado muchas y muy positivas valoraciones que sí le han permitido mantenerse en liza y que, casi un año después de su publicación, siga vendiendo poco a poco, siga despertando el interés y llamando la atención de los lectores. Las reseñas, por lo tanto, no han supuesto picos de ventas pero sí aquello que considero muchísimo más importante: respaldan la calidad de la obra, mantienen su presencia en Internet y mantienen vivo el fuego. Estoy convencido de que si la hoguera de El Rey Trasgo no se ha apagado un año después de su publicación, sino que sigue brillando tan viva como el primer día, es en gran parte gracias a las reseñas, al boca a boca, a la difusión desinteresada de lectores satisfechos. Ese es, para mí, uno de los efectos más positivos de las reseñas: dar vida, entendida como perduración, a los libros.

Detrás de este bombazo hay años de goteo. Hacedme el favor de no olvidarlo.
También encuentro fundamentales las reseñas como autor. Aparquemos el tema comercial, que aunque me interese no es lo que más me importa, y vayamos al creativo: como autor, quieres tener el mayor número de opiniones posibles sobre tu obra. Con el tiempo he aprendido a no dejarme engañar: todos los autores que conozco son sensibles a las críticas. Incluso aquellos que se muestran más impasibles o hasta desdeñosos hacia las valoraciones, con tres cervezas encima o si se lee bien entre líneas, demuestran un interés bien tangible hacia las opiniones de los demás. Comprensible, razonable y esperable, por otra parte: si alguien quiere escribir solo para sí escribe un diario, en vez de meterse en el entramado editorial para lograr una mayor exposición. Yo me incluyo en el grupo de los interesados: me gustan las opiniones constructivas —no podía ser de otro modo—, los análisis, las valoraciones; disfruto como un niño de las interpretaciones de mi trabajo, de los distintos puntos de vista, de cómo entendió tal escena o esta secuencia de diálogo un lector u otro; dónde han identificado posibles agujeros argumentales, dónde hay puntos de mejora, qué tengo que tener en cuenta de cara a la segunda parte. Tengo muy en cuenta las opiniones e incluso he apuntado las observaciones más recurrentes, que me han acompañado en todo momento durante la escritura de la segunda parte.

¿Duele? Más duele no aprender.
Hay quienes opinan que dejarse influencias por opiniones ajenas te alejan de tu propia voz. No podría estar más en desacuerdo. Nadie nace con “su propia voz” perfectamente definida. Se trabaja a base de lecturas, lecturas, más lecturas, escribir, escribir un poco más, escuchar críticas y aprender. Desde mi punto de vista, las opiniones son piedras de afilar: hay que ser muy cazurro para dejar que modifiquen el arma que afilan. No temáis ser sensibles a las críticas, pues vuestra arma seguirá siendo la misma: un hacha, una daga, una espada, un mandoble o un sable… pero estará más afilada. Mis mejores maestros han sido también mis mayores críticos y a ellos debo quién soy y cómo escribo, sin haber sentido en ningún momento que había llegado a perder parte de mi identidad por el camino. Lo diré una vez más: las críticas de editores, lectores, reseñistas y amigos no transformaron mi voz, solo la pulieron. En el mundo literario hay un déficit de piedra de afilar, de palos: aún veo a autores enfadándose con reseñistas que ellos consideran duros y que a mis ojos son más suaves que el papel higiénico de Buckingham Palace. Escuchad las críticas de calidad. Aprenderéis una barbaridad de ellas.

Creo que va siendo hora de cerrar. Ahora suena The Bonny Swans, la tercera parte de mi Santa Trinidad Pelirroja Medieval Canadiense. En resumen: escribid reseñas si os apetece. No busquéis materializar vuestro trabajo en forma de copias de prensa, pues los lectores lo notarán. No aspiréis a ser influyentes: vuestra influencia vendrá con el tiempo, la constancia y la exposición. Divertíos haciéndolo pero sed rigurosos: escribir que algo os ha gustado sin más análisis que el estrictamente personal es una opción perfectamente válida, aunque siempre resultará más interesante para los lectores y autores si vas más allá de eso. El poder de la reseña siempre es inmenso para alguien: para quien disfruta leyéndola, para el autor que aprende de ella, para el comprador potencial, aunque solo sea uno, que decide darle la oportunidad a un escritor.

Las reseñas quizá no sean chorros de gasolina que eleven las llamas al cielo, pero son ramas que mantienen vivo el fuego para que autores como yo podamos seguir contando cuentos en torno a la hoguera. Así que gracias. Seguid así. Hacéis que narrar historias sea más cálido y luminoso.

miércoles, 5 de junio de 2013

Crónica de la Feria del Libro de Madrid y la Blogger Lit Con... Ah, y la Boda Roja

El viernes quedé con M. Braceli, ganador del Domingo Santos 2012, autor de Orpheus, devorador de mitología clásica; uno de esos tipos con las que dan ganas de apoyar la cabeza sobre las manos y limitarse a escuchar lo que tiene que decir: con comida tailandesa en el estómago y después de charlar sobre los personajes femeninos y sus tristes denominadores comunes en novelas de éxito como Los juegos del hambre, Crepúsculo o 50 sombras de Grey —Manuel tiene un punto de vista la mar de interesante sobre esto; tengo en mente montar un podcast en este blog y ese sería uno de los primeros capítulos—, nos encaminamos a la caseta 300 (Antonio Machado), donde disfrutamos de la inmejorable compañía de sus libreros: hablamos sobre venados, la muerte, Muerte —de Gaiman— y la necesidad de invasiones bárbaras periódicas para renovar el mundo.

Mi amigo Álex Portero sabe qué hay al final de esta carga.
Leo hoy que el género fantástico ha sido el más demandado en la Feria del Libro, con amplia diferencia, y que además es algo que al parecer viene produciéndose desde hace tiempo. Mi percepción está muy sesgada ya que la caseta en la que firmé es de literatura general, no especializada, pero aquí están mis conclusiones basadas en mi limitada experiencia: el lector de literatura fantástica no pasa de los cuarenta, de los treinta y muchos si me apuras, y son los jóvenes quienes se muestran más entusiastas a la hora de adentrarse en ese género. El lector que ya conoce la fantasía y la disfruta viene con una predisposición no evidente, pero que sí se deja intuir, mientras que aún hay un porcentaje nutrido de lectores que no se plantea siquiera acercarse al género. Miran la contraportada para saber de qué va ese libro de la portada con tintas y cuando identifican una serie de palabras clave, lo dejan donde estaban.

Lo cual me lleva a pensar que los niños crecidos al abrigo de los productos —culturales y de consumo— de corte fantástico de los 80 y los 90 ahora se convirtieron en adultos que siguen buscando y consumiendo esos contenidos. Los nacidos en los noventa, por otra parte, se ha criado en una sociedad en la que la fantasía goza de una aceptación mucho mayor, más difusión, más medios, más autores, en la que está más disponible que nunca y se promociona con fuerza. Comparad el número y la recaudación de películas basadas en libros de fantasía o cómics de hace tres décadas con la situación actual. Pues eso. Es algo que comentábamos Antonio Martín Morales y yo en la charla de la Feria de Sevilla, a cargo de Bibliofórum, y en la charla de literatura fantástica de la Blogger Lit Con (luego hablo de ella): el friki de los 80/90 ha dejado de ser un niño para convertirse en un adulto con poder adquisitivo, y junto a la nueva hornada juvenil acostumbrada a leer fantasía, se ha conseguido que la fantasía adquiera una presencia, una entidad, un poderío comercial, si se me permite la expresión, que hace que las editoriales empiecen a tenerla en consideración y surjan iniciativas como Fantascy o haya un boom de sellos que publican género fantástico. El tiempo dirá si se convierten en algo estable o en el síntoma de una moda pasajera.

Pienso que el futuro en este aspecto es todo lo halagüeño que puede ser un sector del panorama editorial: en España hay cantidad y hay calidad, hay autores excelentes que solo necesitan tener el foco sobre ellos para mostrarle a quien quiera detenerse en sus páginas que son capaces de crear, transmitir y emocionar. ¿Se librará la fantasía de su etiqueta de género juvenil? Creo que lo hará, sin duda, y que es cuestión de tiempo. ¿Se libará de ser tachada de género denso, inaccesible? Depende de los autores. ¿Hay mercado de lectores en España para sostener una producción abultada de autores patrios de género fantástico? Tal vez. Quizá sea cuestión de crearlo a golpe de talento y promoción, mucha promoción. La alternativa es quedarnos escondidos debajo de una piedra y chuparnos el dedo mientras nos lamentamos de lo mal que va todo. Y no sé vosotros, pero yo odio el sabor de mi propio pulgar. Así que vamos a ver qué sucede ahí fuera.

Al día siguiente me reuní con el señor Braceli, Iria Parente, Bárbara Hernández y Juan Díaz —colgaré sus fotos, que merecen posts enteros, más adelante— para asistir a la Blogger Lit Con. Os cuento.

Dedicando ejemplares de El Rey Trasgo
durante la Blogger Lit Con.
En primer lugar, se trata de una convocatoria que no gira en torno o está financiada por actividad comercial alguna, que no tiene más respaldo que el de las personas que la organizan y siguen, además de las editoriales que deciden apoyar el evento con ejemplares gratuitos —no dejéis de hacerlo nunca, por favor—, una iniciativa que solo parte del deseo de compartir una afición sin que nadie se lleve un duro, y que coge y reúne a más de 250 personas. Y no para colocarle una bufanda deportiva a una estatua, sino para hablar de libros. De libros. En la España del S.XXI: la España del Gran Hermano, de la emigración —o el balance migratorio positivo inverso por afán de ver mundo, o como se diga ahora—, de los recortes en cosas que estorban, como cultura, educación e investigación para dedicar ese dinero a financiarle las cervezas a la casta. En esa España negra, injusta, cazurra, amarga, eterna, ensañada con los jóvenes y los débiles, son precisamente esos jóvenes los que se reúnen en un enorme grupo para reír juntos, leer juntos, compartir experiencias, sensaciones, recuerdos, para engalanar sus libros con recuerdos de tinta, para hablar. De libros. En la España del S.XXI. Si no crees que eso es la definición de “maravilloso”, apártate de mi vista. Esos jóvenes, los que han leído, los que se han asomado a más mundos, los que han alimentado sus inquietudes y su curiosidad con letras, serán sobre quienes en un futuro recaiga la posibilidad de hacer de esta una sociedad un poquito más justa. Si es que para entonces aún les quedan ganas de enderezar este garbanzal, claro. Si para entonces no se han largado todos, haciendo cortes de manga desde el avión.

Dicho lo cual, entre una atmósfera positiva, optimista y enérgica, participé en el encuentro de autores de Kelonia junto a Bárbara, Manuel, Sergio Alarte y Juan Torregrosa, autor del próximo lanzamiento de la editorial, la novela de ciencia ficción “Ocaso en Shangai”. Hablé, cómo no, de trasgos, de tintas, de la segunda parte de la novela, de los títulos de la pentalogía —sí, finalmente es una pentalogía, sí, daré los títulos... más adelante— y de por qué creo que los autores somos cavernas de eco, con sus propios sonidos, sí, pero cuya principal aportación es devolver modificado aquello que nos llega, devolver las palabras que nos visitan con nuestra propia voz. Después, Bárbara nos regaló a todos el privilegio de dedicar ejemplares de Pétalos de Papel y El Rey Trasgo con acuarelas. Cada vez que sostenía uno de sus pinceles, se formaba un corrillo alrededor. A veces solo deseas que las personas que te rodean sean plenamente conscientes de su enorme valía.

M. Braceli, el rey de los trasgos, Bárbara Hernández, Sergio R. Alarte, Juan Torregrosa
Tenía muchas ganas de hablar con José Antonio Cotrina y Antonio Martín Morales de fantasía: ambos son unos monstruos, con la pluma —o el teclado— y con el micrófono, así que mis expectativas eran altas. Y quedaron cubiertas, vaya si lo quedaron. Hablamos de por qué han de morir nuestros personajes, de escribir sobre las vicisitudes del ser humano en un mundo de fantasía (los reinos, las criaturas y las armaduras son atrezzo, lo que interesa realmente es indagar en la naturaleza humana, dije, o algo así), de las fuentes de inspiración de cada uno de nosotros —libros, por supuesto, pero también cómics, series o películas—, del prometedor futuro de la fantasía —los tres estábamos de acuerdo en que la cosa pinta todo lo bien que puede pintar— y de nuestros respectivos trabajos. Una charla en la que la participación del multitudinario público fue imprescindible: cada vez disfruto más respondiendo preguntas en vez de hablando por mi cuenta. Que no os sorprenda si mi próxima presentación consiste en “hola, me llamo Alberto, he escrito un libro de fantasía con tintes oscuros y trasgos que sabe a lágrimas, sangre y roca, ¿preguntas?”. No, en serio. Que no os sorprenda.

José Antonio Cotrina, Antonio Martín Morales, un término medio entre bárbaro y caballero
El día siguiente, Anabel Botella y Laia Soler hablaron de sus novelas, sus motivaciones, la industria, la distribución, los negros literarios y todo lo que hay entre medias. No conocía a Laia, aunque me pareció que aúna esa mezcla perfecta entre pasión y cabeza que tanto escasea y que tan atractiva encuentro. Anabel es un torrente de personalidad sereno y constante y se puede aprender mucho escuchándole. En suma, la Blogger Lit Con fue un evento fantástico del que guardo un recuerdo excepcional por el ambiente que fue capaz de crear, las oportunidades que me brindó de ponerme en contacto con los lectores y la calidad humana de sus participantes y organizadores.

Oh George, you so crazy.
Bien, y ahora la otra cosa. Juego de Tronos. El episodio noveno de la tercera temporada. La Boda Roja. La misma maldita historia de siempre: ese halo de preeminencia con el que se cubren aquellos aficionados (ocurre en la música, en el cómic, en la literatura, allá donde mires) que, por algún motivo que se me escapa, parecen querer situarse en un estrato superior de fan al de aquellos que solo ven la serie, quienes no tienen tiempo, o ganas, o ninguno de ambos, para leer los libros. Comentarios paternalistas acerca de lo monas que resultan las reacciones de los espectadores, spoilers gratuitos bajo el pretexto de que los libros “salieron hace mucho y ya deberíais de haberlos leído”. Altanería. No es el fin de la civilización occidental y he leído algunos posts francamente divertidos... pero por otra parte, es la constatación de que una parte de los aficionados aún se muestra reacia a que el género se popularice. "Y si se populariza, que queden claro que aún hay clases". ¿Por qué no plantearlo de otro modo?

A veces, merced de la presencia de lo fantástico en la cultura popular, se nos olvida que el género y los aficionados en su conjunto aún son percibidos en algunos sectores como un nicho endogámico, un coto en el que el objetivo no es disfrutar de una afición en común sino coronarse como el mayor experto, el más friki, el que estaba primero, el fan original. No creo que esto funcione en base a quién llegó primero, quién tiene más trienios, quién es el alfa y quién el beta. Esto, opino, va de disfrutar todos juntos de las mismas historias, de compartir emociones, de ver a la gente que alucina con la Boda Roja de la serie con alegría, no con condescendencia o peor aún, con un sutil toque de altivez. Tendríamos que estar dando palmas por el hecho de que haya tanta gente que se ha lanzado a la serie sin haber leído los libros: eso significa que el gran público se atreve a dar el salto cuando hay medios y promoción suficientes. Si la serie solo la viesen los lectores, eso sí sería un fracaso sonado: significaría que la fantasía es, como afirmaban los más férreos detractores, un nicho, una caverna que se alimenta de sí misma, un género que solo puede interesar a un tipo muy concreto de aficionado. Un producto para frikis. Y aunque fuese un éxito comercial, creo que eso supondría una derrota para el género fantástico y sus posibilidades.

La próxima ocasión en la que veáis a alguien flipar con un episodio de Juego de Tronos, en vez de colgarse la medalla de veterano y recomendarles leer libros con el tono del viejo profesor de Lengua y Literatura,  ¿por qué no celebrar el simple hecho de que estén inflando la cuota de pantalla de una serie de contenido fantástico basada en un libro? Y si queréis animarles a leer los libros... bueno, solo quiero decir que quizá haya otra aproximación, otro enfoque a tan sano objetivo, que no implique arruinarles el episodio de una serie.

Alejémonos de la endogamia, anda, que ya sabemos a qué conduce eso.

¡Quemadlos a todos! ¡Bisoños! ¡Impuros! ¡Mainstream!
¡Yo leí los libros! ¡Yo estaba primero! ¡Yo soy especial!
¡YO SOY ESPECIAL Y VOSOTROS NO!

martes, 21 de mayo de 2013

Descargar El Rey Trasgo gratis

¡Hola! Probablemente hayas llegado aquí a través de un enlace esperando un artículo sobre piratería o buscando cómo descargar mi libro gratis desde Internet. Te sorprendería la de gente que llega al blog buscando esas palabras. "Descargar El Rey Trasgo epub gratis", "El Rey Trasgo descarga directa", "El Rey Trasgo gratis"... Cada mes hay unas cuantas así. Sí, estoy citando esas palabras para que aparezcan en los primeros puestos de las búsquedas de Google. Ey, el buscador no es ni amigo ni enemigo: es una herramienta.

Bueno, ya que estás aquí, ¿te apetece escucharme? No será más que un par de minutos.

Gracias.

No voy a criticar que busques contenido gratuito, no voy a divagar sobre los derechos del consumidor con respecto al acceso a la cultura (sea El Rey Trasgo cultura o no) o a hablar de la mentalidad del "todo gratis". Doctores tiene la iglesia que disertarán sobre ello con más propiedad. No te voy a tildar de nada. Hablar de ética, propiedad y mercado, en el momento en que escribo estas palabras, no me apetece un carajo. Voy a proponerte alternativas.

¿Andas tras El Rey Trasgo, te ha despertado curiosidad? Si aún te estás decidiendo, mira lo que dicen las reseñas o échale un vistazo al adelanto. Si buscas El Rey Trasgo a un precio asequible, pásate por la sección dónde comprar El Rey Trasgo. En digital vale tres euros con sesenta. ¡Tres euros con sesenta! Otras casas tienen sus ebooks a catorce euros, medida que respeto mucho pero que no comparto en absoluto, porque nos gustan los ebooks bonitos y accesibles. ¿A que no nos equivocamos al hacerlo así?

No tiene DRM porque no nos asusta que se lo prestes a un amigo. Lo que nos disgusta, a la editorial, a mí y a muchos, es que un individuo al que la literatura le importa entre cero y nada arramble con un lote de 500 ebooks y los cuelgue en un portal de descargas a cambio del dinero por publicidad que se lleva el portal.

¿Sabes a quién ayudan las descargas, y mucho? Ayudan a ese tío que gana dinero cogiendo contenidos de pago y vendiéndolos a portales de descargas. Emilio Bueso habló de ello en un foro que no recuerdo, con acierto: si encuentras un libro en Internet, lo más seguro es que no provenga de un lector satisfecho que quiere darlo a conocer al mundo, sino de uno de estos simpáticos personajes que se ganan las perras con trabajo ajeno. En El Rey Trasgo han colaborado revisores, ilustradores, editores y yo mismo. ¿Te animas a respaldar nuestro trabajo con tu compra?

Claro que quizá te interese la versión física. Cuesta como dos copas de fin de semana. Y El Rey Trasgo te gustará más, te durará más tiempo, podrás volverlo a leer dentro de años -cuando quieras rememorar aquel libro tan raro con trasgos y la portada de tinta- y te provocará, como mínimo, la misma euforia, el mismo vértigo, la misma embriaguez.

Espera, ¿qué asoma por el horizonte? ¡Es mi argumento sobre piratería favorito, la reductio ad Gaiman! Ya sabéis cómo funciona: "¡ey, Gaiman dijo que la piratería le beneficiaba!, ¡si a otros autores no les beneficia es porque no se lo saben montar!". Algún día hablaré de ella largo y tendido, explicando lo que a mis ojos son diferencias insalvables entre Neil Gaiman y el autor español de género. Hoy solo diré una cosa: Gaiman dice cosas muy interesantes en ese vídeo y es de idiotas no prestar atención a lo que dice. Pero extrapolar su caso a todos los autores y editoriales; reducir el debate sobre piratería y en qué medida afecta a las distintas capas de la creación de contenidos a cuatro minutos de vídeo, me parece simplista y un punto  irresponsable.

Si después de todo aún quieres descargar El Rey Trasgo gratis (¡posicionamiento en Google!), ¡me temo que ya no hay nada que pueda decir! Pero ya que estamos, hazme un favor. Uno pequeño. Cuando lo termines, ponle una nota en Amazon. O valóralo en GoodReads. Habla de él en tu foro favorito o  comparte tus impresiones en las redes sociales. Dime qué te ha parecido en mi cuenta Twitter. O dile a un amigo que cada día que pasa sin leerlo es un día perdido. Haz que otros lectores disfruten, se asusten y gocen tanto como tú. Sé banderizo del trasgo y que crezca la curiosidad bajo tu estandarte.

Gracias por tu tiempo. ¿Ves cómo solo eran un par de minutos?

lunes, 6 de mayo de 2013

Hablemos de ventas, éxitos y expectativas

Estas semanas han teniendo lugar Ferias del Libro en ciudades como Valencia, Sevilla o Barcelona —¡este fin de semana firmo en Sevilla con mi colega Laura S. B., detalles mañana!—, así que no dejo de leer comentarios sobre qué libros venden más y cuáles venden menos; pese a que se trata de un tema recurrente, este año la discusión sobre el tema transmite la impresión de que los nervios están a flor de piel y los ánimos, muy exaltados con respecto a un aspecto concreto de la discusión centrada en las ventas: si lo que vende tiene más calidad o menos, si está mejor escrito o peor. Llevaba tiempo queriendo comentar este asunto, así que voy a ello. De fondo suena Metallica, ladrando sobre gasolina que arde y nudillos como tenazas, entre otras cosas.

En primer lugar temo que si la cuestión está suscitando un debate tan encendido es, entre otras muchas cosas, por el colapso a cámara lenta en el que estamos metidos. La crisis, para entendernos. En los tiempos de bonanza, cuando todo el mundo tiene dinero en el bolsillo, miras arriba y ves a los superventas comiendo solomillo con guarnición; miras a tu plato, ves que tienes una hamburguesa relativamente apetecible y te das por satisfecho. «Podría ser peor», piensas. Pero en los tiempos de vacas flacas, cuando ves que el superventas sigue comiendo solomillo —esta vez no tiene guarnición y la carne parece un poco más tiesa pero qué coño, sigue siendo una buena pieza— mientras tú masticas un bichillo que has encontrado en la calle y que si le echas imaginación sabe a pollo, pues claro, brotan las sensibilidades. Y el autor de éxito que hace una década te parecía mediocre ahora te parece un elemento a extirpar del panorama literario. No es él el que se está cargando el mercado literario, me temo. Pero de ello ya hablaremos más adelante. En cualquier caso, el mercado del libro no es sino un espejo más de la situación que viene arrastrando Europa y, más concretamente, España: si la clase baja ha pasado a la miseria y la clase media se está convirtiendo paulatinamente en clase baja… ¿qué va a pasar con la “clase baja” de la literatura? Pues eso. Un colapso a cámara lenta, eso estamos viendo. Pero la metralla siempre alcanza a unos primero y a otros más tarde.

Dicho eso, antes de enfadarte porque no te comes una rosca y Fulano, que conoce media docena de adjetivos el día que le asalta la inspiración, y para de contar, o Mengano, que cogió un fenómeno estadounidense y lo reescribió en español, están montados en la pasta —asegúrate primero de que realmente sea así—, hazte una pregunta, ¿cuál es tu público objetivo? ¿Cuál es, y perdonad el anglicismo, tu target?

Quizá no pensaste en ello. Quizá te lanzaste al mercado literario con un proyecto que simplemente te gustaba, que era lo que te apetecía escribir, sin pensar en mercadotecnia ni públicos objetivos. ¡Ah, amigo! Pero del mismo modo que la muerte ya estaba ahí cuando el primer ser vivo respiró —gracias, Gaiman—, tu target ya te estaba esperando cuando tu libro llegó a las estanterías. Estaba ahí. Solo que no sabías que escribías para él.

Analiza tu propia obra. ¿Qué género trabajas? Bien, ya puedes empezar a circunscribirte a un ámbito. No, los lectores que saltan de género en género son la minoría. Yo he visto a señoras de edad retroceder cuando les decía que escribía género fantástico… del mismo modo que yo retrocedería cuando alguien me dijese que escribe romántica. ¿Prejuicios? Pues igual. ¿Comportamiento execrable? Tal vez. ¿Perspectivas de que vaya a cambiar? Pocas. Así que vive con ello o sigue enfadado, pero ten en cuenta que generalmente un lector lee tres, cuatro géneros. A lo sumo. Acepta que tu libro va a despertar en un porcentaje de la población el mismo interés que una patada en la boca.

Reacción general ante el autor de género fantástico.
Prueba, prueba a decir que haces «New Weird».

Bien, hemos aclarado el género. Sigamos con el lenguaje. ¿Cuántos libros lee tu público objetivo? Dicho de otro, ¿el lenguaje que utilizas será de gusto de un lector experimentado, o lo encontrará demasiado simple?, ¿será demasiado rebuscado para el lector ocasional, o será exactamente la fuente de relajación que necesita durante sus vacaciones en la playa? Si estás leyendo esto, seguramente consumas literatura como el inglés medio consume cerveza. Mírate con honestidad. ¿Tu lenguaje es complejo, tu vocabulario es amplio, tu nivel de auto-exigencia —si eres autor— es altísimo, obsesivo, casi?, ¿pasas horas buscando el modo exacto de transmitir un pensamiento, de escribir la metáfora perfecta, de plasmar una imagen con la nitidez de un cuadro clásico? Bien, pues lo que están haciendo esos esfuerzos es circunscribirte a un target capaz de percibir, valorar y admirar el trabajo que has puesto en ello. No todo el mundo puede. Y lo que es más importante, no todo el mundo quiere.

Así las cosas, partiendo de esos dos factores, ¿cuál es tu público objetivo? ¿Escribes novela histórica con un lenguaje accesible y tramas sencillas? Ey, puede que tengas un éxito entre manos, ¡puede gustar a mucha gente! ¿Escribes policíaca con un lenguaje coloquial, tratando asuntos no muy rebuscados? ¡Genial! Hay un gran mercado para ti. ¿Escribes fantasía, o terror, o ciencia ficción, y ayer por la tarde la dedicaste a reescribir un párrafo sobre el despertar de un personaje? Pues va a ser difícil, amigo mío. Va a ser muy, pero que muy difícil. Aprende dónde está tu meta y haz todo lo posible por rebasarla: exígete a ti mismo y aspira a pulverizar tus expectativas, a alcanzar la excelencia. Pero no te frustres si ves que el presentador de programas del corazón saca un libro y se levanta 100.000 copias la primera semana. Tu target cabe en un hotel. El suyo necesita varios estadios de fútbol. Tu target es especializado. El suyo es el gran público.

Toda esta gente está deseando leer tu libro de alta fantasía,
ciencia ficción hard o terror fosco. Claro que sí, campeón.

Hablando de lo cual, «¿cómo puedo llegar a ese gran público?», se preguntará alguno. Bien, hay que saber qué quiere y adónde tiende. Mira las películas más vistas. Los videojuegos más jugados. Los libros más leídos. La música más escuchada. Avatar, Call of Duty, las 50 sombras, David Guetta. ¿Empiezas a ver el patrón? Los productos de consumo no con complejos. Los productos de consumo no son rebuscados, profundos, desafiantes para el intelecto y las emociones. Si lo son, pues estupendo, todo el mundo gana. Pero eso no es lo que se le pide a un producto de consumo: se le pide que sea comercial. En el caso de un libro, eso se traduce en que tenga una portada bonita, una sinopsis que enganche, que tenga una estructura ágil y un lenguaje accesible para el 95% de la población. Anika Entre Libros posteó en su Facebook hace cosa de un año —no recuerdo el enlace, tendréis que fiaros de mí— una noticia que comentaba que un porcentaje de autores simplificaba el lenguaje de sus novelas para hacerlas más accesibles al gran público. Párrafos pequeños, capítulos breves, lenguaje sencillo, prosa accesible. El consumidor medio ve cuatro horas de tele al día, juega a videojuegos y seguramente tenga el lapso de atención más breve de la historia. ¿Vas a escribir para él? ¿No? Entonces no sufras si ves que no despegas y Dan Brown se lo lleva crudo. Carlos Sisí me descubrió una acertada cita, creo que precisamente de Dan Brown: ¿quieres vender un best-seller? Escribe un best-seller.

Un vistazo más cínico a esta cuestión la aporta Mr. Plinkett, el genial personaje creado por los chicos de Red Letter Media. Si no lo conocéis, Red Letter Media hace, entre otras cosas, videoreseñas —bajo el nombre de Half in the Bag— de películas: excelentes por su lucidez, capacidad de análisis y conocimiento del medio en el que se mueven, todo ello en un ambiente desenfadado y coloquial; una delicia. El personaje de Mr. Plinkett es un anciano borracho con tendencias homicidas que reseña películas con extraordinaria e inesperada lucidez, todo ello cubierto de un humor negro como obsidiana. En su reseña sobre Titanic, Mr. Plinkett hace el siguiente comentario sobre el gran público y los productos comerciales, que traduzco para los que no sepan inglés o no tengan ganas de ver el vídeo:

Humor socarrón, cruel, que mete el dedo en el ojo.
Abstenerse espíritus sensibles, frágiles o irritables.

“Aunque mi interés sobre la película recae en los aspectos técnicos e históricos, no creo que ese sea el caso para el 99% de los espectadores. Esta película duró un año entero en las pantallas y llenaba las salas día a día. ¿Por qué? No es porque Titanic tuviese unos personajes realistas y creíbles con conflictos emocionales. Esta es la conclusión de mi reseña sobre Titanic: la mayoría de la gente es simple y no quieren desafíos intelectuales o emocionales. Les gusta la familiaridad y tienden hacia lo seguro y cómodo.

»Titanic fue a lo seguro y prescindió de todo aquello que pudiese dar profundidad a los personajes. James Cameron no es un mal guionista, de hecho, puede que sea un jodido genio. […] Emociones con las que sentirnos identificados [Titanic], romances fantásticos [Crepúsculo], aventuras sencillas y emocionantes [Indiana Jones], acción y peligro en la ciencia ficción [La Guerra de las Galaxias] o emociones y risas fáciles: al fin y al cabo son películas, y es lo que la gente quiere; la habilidad de transportarse sin preocupación a un mundo de fantasía, lejos de tu trabajo diario en la oficina.

»Pero el éxito de una película no se basa solo en emociones y escapismo, este muchas veces se basa en su simplicidad […]. Si quieres que tu película tenga éxito, tienes que ir a por la media. […] Mira cuáles son las películas más exitosas de la historia […], lo excepcional es la excepción, amigos míos.

Últimamente, con el aparente boom del género fantástico, se habla de la importancia del escapismo: el escapismo del contexto es tan importante como el escapismo que proporciona una lectura fácil. El lector medio, que compra tres libros al año y uno de ellos es para regalo, se sumerge en un mundo de fantasía si le es fácil entrar en él. Si no, se queda fuera, en el cómodo regazo de E. L. James. ¿Quiero decir con esto que la calidad es totalmente irrelevante? No, y si piensas eso, no estás prestando atención a lo que digo. La calidad es bien recibida, incluso deseada, pero es como el pañuelo de un traje: un añadido interesante, pero un añadido al fin y al cabo, no el elemento central. La piedra angular es la comercialidad de un libro, venga esta del boca a boca porque está maravillosamente escrito, del renombre del autor, o de que el libro va a rebufo de la última moda.

¿Qué hay de Martin, o de Rothfuss, o de Abercrombie? Escriben género fantástico y venden miles y miles de ejemplares en todo el mundo. Echa una mirada objetiva, hazme el favor. En primer lugar, son anglosajones: mercado asentado que abarca el mundo entero, maquinaria comercial y de distribución colosal. ¿Hay de eso en España? Por otra parte, Martin, Rothfuss y Abercrombie son cojonudos. ¿Eres tú cojonudo? ¿Pero cojonudo en tu grupo de amigos, o cojonudo a nivel de Martin, Rothfuss, Abercrombie? Recuerda: mirada objetiva, por favor. Y el punto más importante: ¿cuántos Martin hay en el mundo? Uno. También hay un Abercrombie y un Rothfuss. ¿Cuántos autores pequeños hay por cada uno de ellos?, ¿cuántos autores que se mueven en el limbo de las mil copias? ¿Cientos? ¿Miles? ¿Cientos de miles? Volvemos al comentario de Mr. Plinkett: lo excepcional es la excepción.

Este señor publicó Juego de Tronos en 1998 y se hizo famoso en 2010-2011.
¿Tú quieres éxito y lo quieres YA? Claro que sí, campeón.

Dicho todo esto, hazte las siguientes preguntas, escribiendo como escribes, ¿cuál es tu público objetivo?, ¿eres lo bastante bueno para rebasar esa barrera, para que la señora adicta a Sálvame coja tu libro de terror psicológico en un mundo de ciencia ficción, o para triunfar en el extranjero?, ¿es tu lenguaje asequible para el gran público? Hazte esas preguntas y contéstalas con honestidad. ¿Quieres vender a saco? Escribe un calco de las 50 sombras y llévate un porcentaje de las lectoras de la original. O mejor todavía, adelántate, antícipate a la próxima moda y súbete al tren cuando acaba de salir de la estación. Compra reseñas. Pon una figura histórica en la portada, o una referencia religiosa, o una esvástica. Ah, ¿que no es lo que quieres? ¿Que quieres escribir a tu estilo, mimando cada frase hasta convertirla en un tarro de esencias, y que el boca a boca te lleve a romper las barreras del género, a llegar al gran público, a cautivarlo con tu prosa, a vender cientos de miles de ejemplares? ¿Y a venderlos ya, no dentro de diez años? Claro, ¿quiere algo más el señor? ¿Un puro, quizá, una copa de scotch? Si quieres vender un best-seller, escribe un best-seller. Los ingredientes están ahí, tienes a los Top 10 de ventas manejándolos delante de tus narices: no hay secretos y el camino está hasta señalizado. ¿Quieres vender a saco? Escribe algo destinado a vender a saco. Y si no es tal fácil, si resulta que conectar con el lector es más jodido de lo que esperabas, si resulta que no basta con reducir la extensión de tus capítulos y simplificar el lenguaje… Bueno, ¿recuerdas lo que decía de los cientos de miles de autores que hay por cada Abercrombie? Bienvenido al club. Hay ponche en la mesa de la izquierda.

¿Y qué hay de mí? Lo he dicho varias veces. Soy un autor novel que cultiva un género minoritario en un país donde la lectura está polarizada —unos pocos leen como si les fuese la vida en ello, un amplio porcentaje no lee—, en medio de una crisis que nos lleva con el pie firmemente apretado contra el acelerador hacia la Yugoslavización. A veces, como a todos, se me olvida. Y a veces hasta me cabreo conmigo mismo. Pero trato de no perder de vista lo que soy, lo que escribo, mi público objetivo, y mi propia calidad literaria. Mírate a ti mismo y a tu producto con honestidad. Quizá no vendes porque tu libro solo puede disfrutarlo ese pequeño porcentaje que devora literatura. Quizá no trabajas los canales adecuados. O quizá, lisa y llanamente, no eres tan bueno.
Sí, así funciona la cosa. Manel Fontdevilla, dando en el clavo.

Una vez le comenté a Jesús Cañadas que ser autor español es como seleccionar el modo de dificultad más alto de un videojuego: sabes que llegar lejos es muy, muy improbable, así que te diviertes comprobando hasta dónde llegas, tratando de disfrutar de la experiencia. Sed conscientes de vuestra elección literaria y disfrutad de ella. O cambiad de barco, publicad un best-seller y haceros ricos. Pero no os hagáis mala sangre, que nunca sabéis, si las leyendas son ciertas, quién se la llegará a beber.

miércoles, 3 de abril de 2013

¿Es la fantasía épica intrínsecamente conservadora?

Esta semana llegué, gracias a la bloguera y reseñista Cristina Jurado, a un breve artículo que se hacía eco de una discusión que ha estado bullendo por Twitter. El debate giraba en torno a una idea: si la fantasía época es intrínsecamente conservadora. Escribo mi opinión como viene siendo habitual en mi, a vuelapluma, sin preocuparme mucho por lo que digo o cómo lo digo. No hablo ex cathedra, no quiero sentar opinión, no quiero escribir una tesina sesuda sobre la cuestión. Hola, me llamo Alberto, he escrito un libro de fantasía con trasgos que sabe a lágrimas y a roca. Y esta es mi opinión. Ante la pregunta, ¿es la fantasía épica intrínsecamente conservadora? Yo respondo...

Respuesta corta: 

Yo creo que no. Puede. En cualquier caso, ¿y qué?

Respuesta larga: 

¿Qué es fantasía épica? Las etiquetas no terminan de convencerme: pese a que trato de conocerlas, siempre acabo hecho un lío con ellas. Cuando hablo de El Rey Trasgo, nunca tengo una respuesta buena: tiene algo de fantasía épica, medio libro podría considerarse alta fantasía y el otro medio tiende más hacia la fantasía oscura... ¿Cómo se supone que lo debo definir? Filias y fobias personales aparte, en primer lugar sería conveniente definir y aclarar qué se entiende por fantasía épica en esta discusión: fantasía épica puede ser la historia de una mujer marginada por su condición de mutante, líder del único partido anarquista de un reino feérico gobernado por un tirano al que derroca haciendo uso de su ingenio de una espada que canta nanas cada vez que derrama sangre.

Lo que quiero decir con ello es que etiquetar un género entero se me antoja inapropiado: en vez de etiquetar al género, habría que etiquetar lo que los autores hacen con ese género. La fantasía épica proporciona al autor infinitas posibilidades, le brinda una constelación de historias a cada cual más delirante que la anterior. Son los autores los que se adentran en el género y eligen voluntariamente circunscribir sus relatos al contexto de fantasía en un contexto europeo, blanco y medieval. El escritor Jesús Cañadas ha manifestado en varias charlas y mesas redondas que le gustaría ver autores más valientes en el género fantástico, que se atreviesen a jugar con el que posiblemente sea el más generoso de los géneros, por dar al autor toda la libertad que este pueda querer para crear universos nuevos y rompedores. Quizá lo más adecuado fuese decir que los autores de fantasía épica son intrínsecamente conservadores, porque el genero no lo es. Tampoco es liberal. La fantasía épica no es ni de un color ni de otro: es un colosal cajón de arena en el que cada uno erige el castillo que más le gusta. Si en la torre más alta quiere poner una cruz, una media luna, una estrella roja o a Espinete, es su elección. 

"Alberto, pedazo de autor hipócrita pero no por ello menos atractivo", estará pensando alguien, "tú mucho hablar, pero luego El Rey Trasgo tiene lugar en un contexto medieval, europeo y blanco". A lo cual yo respondo: efectivamente, ese fue el contexto que elegí. ¿Sabéis por qué? Porque es el que más conozco, en el que me siento más cómodo y por encima de todo, el que se me antojaba más apropiado para la historia que quería contar. Aquí está, en mi opinión, el meollo del asunto: aquello que quieras contar. Si utilizas un contexto medieval para contar una historia sobre la libertad y la amplitud de miras, esta tendrá un cariz más progresista. Si utilizas un contexto medieval para promover el mantenimiento del estatus quo, será más conservadora. Es una observación simplista, pero nunca me definí como un hombre inteligente: lo importante es el fondo, no la forma; el contenido, no el continente. ¿Hubiese cambiado algo el mensaje subyacente de El Rey Trasgo en un contexto tardorromano, africano y negro? ¿La reflexión que se hace en sus páginas -más rica o más pobre, eso lo dejo a la valoración de cada uno- sobre el uso del poder y el coraje individual hubiese tenido un prisma muy distinto en una sociedad comunista, asiática o moderna? Creo que no. El concepto de fantasía épica, que no es ni conservador ni progresista, ni todo lo contrario, me brindaba infinitas posibilidades, pero yo elegí optar por un entorno limitado por una serie de motivos. Así que si hay que tachar de conservador a alguien, apuntad a gente como yo. Pero al género dejádmelo en paz.

Hablando de lo cual, hay naciones en el continente de El Rey Trasgo que no son ni medievales ni blancas: Iza se inspira en la antigua Bactria y Aesil está basada en Sumeria. Ambas naciones ya existen en la primera novela, aunque la acción no transcurre en ellas: aparecerán más adelante. Y os garantizo que el mensaje que quiero transmitir en la segunda parte no entenderá de pieles blancas o marrones.

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Trasfondo, intención y etiquetas. Vale, entonces estamos de acuerdo en que la fantasía épica transcurre, mayoritariamente, en un contexto medieval, europeo y blanco. En semejante trasfondo no es raro encontrar reyes despóticos sedientos de poder, gentes humildes que no piensan en liberarse del yugo que las oprime sino en protegerse de los lobos, caballeros que no utilizan su poder e influencia para cambiar el mundo sino para alimentar su ego a través de gestas y mujeres que aceptan su rol de "madresposa" sin cuestionarse que la vida pueda depararles algo más. Personajes que, bajo nuestro prisma moderno, encarnan los estereotipos más rancios de nuestra historia. ¿Pero queréis saber una cosa? Así eran aquellos tiempos. Los reyes eran violentos y estaban hambrientos de poder, las gentes no se planteaban qué era eso de la libertad individual -no hay que irse al medievo para ello-, los caballeros sabían que si sacudían el tinglado alguien más poderoso se ocuparía de quitarlos de en medio y las mujeres nórdicas disponían de vestidos con tela abotonada en el pecho, para poder descubrir sus senos con más facilidad y dar de mamar cómodamente, ya que se pasaban la práctica totalidad de su vida fértil haciéndolo (curiosidad sacada de La vida cotidiana de los vikingos, de Régis Boyer) porque era lo que se esperaba de ellas. El medievo era un tiempo desagradable, brutal, hostil, clasista, en el que el poder daba la razón. Dibujar un medievo sin fronteras ni prejuicios supondría pintar un retrato irreal, hacer wishful thinking histórico, edulcorar una realidad compleja en su brutalidad para convertirla en utopía.

"Pero Alberto, estúpido odre de pura libido", exclamará alguien, "en eso consiste la fantasía, en crear algo que no existe, o en modificar lo que existió hasta darle una forma completamente distinta". A lo que yo respondo: de acuerdo, si quieres crear una sociedad medieval donde los castillos están gobernados por un sindicato de trabajadores, por poner un ejemplo, ¡hazlo! Pero prepárate para dos cosas: en primer lugar, para cambiarlo todo. El modelo de sociedad, las relaciones entre personajes, el lenguaje, las motivaciones. Si realmente impera un pensamiento distinto, que se deje notar en todos los estratos, en cada detalle. Prepárate para ponerlo todo patas arriba. Para dedicar a la forma tanto tiempo como al fondo.

Pongamos que lo haces. ¡Enhorabuena! Ya tienes tu contexto. Y ahora vienen las malas noticias: todo ese trabajo no será lo que determine la naturaleza conservadora de la novela, sino la historia. Si el mensaje que transmites a través de tu relato es un cliché, un refrito o un alegato a favor del estatus quo -"chica busca chico/chico busca chica", "historia de un viaje a través del continente que sirve como viaje iniciático", "elegido de origen humilde marcado por una profecía asciende al heroísmo"-, tu novela va a tener un espíritu puramente conservador, pese al celofán con la que esté envuelta: un contexto progresista no es más que un escenario de cartón-piedra si la historia que transcurre en él pone de manifiesto el conservadurismo creativo de su autor. Si quieres romper moldes es maravilloso que los rompas en el contexto, pero asegúrate de romperlos también en tu intención, en aquello que quieres contar. Pero no lo hagas para que tu novela sea conservadora o progresista, A o B: hazlo para que sea una buena novela, para que enganche, para que resulte fresca y novedosa, para que destaque en el océano de papel que son las librerías. Hazlo en nombre de la calidad, no de las etiquetas.

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Rebeldes de su tiempo. ¿Sabéis qué tiene gracia? Que pese a transcurrir en contextos EEBBMM (europeos, blancos, medievales), muchos de los personajes más importantes de la fantasía épica son adelantados a su tiempo, hombres admirados e incomprendidos por su amor a la libertad, a vivir su propia vida: son luces de individualismo en un continente ensombrecido por la cerrazón y el conservadurismo más absoluto. ¿Repasamos? Imaginad a estos personajes en el medievo histórico. Geralt de Rivia, aventurero promiscuo que vive su propia vida, con sus propias reglas. Bilbo Bolsón, aventurero perteneciente a una suerte de comuna hippie, aficionado a las drogas naturales y la buena mesa, erudito y curioso. Elric de Melnibone, rey que en vez de quedarse en sus tierras a gobernar con puño de hierro se lanza a la aventura en solitario no en nombre de una religión o una causa, sino por su propia sed de aventuras. No sé a vosotros, pero a mí estos protagonistas, que son los que llevan la historia a cuestas, no me parecen conservadores, ni bajo el prisma actual ni muchísimo menos bajo el prisma medieval. Todo lo contrario, más bien. Me parecen inconformistas, rebeldes, personajes con ideas impropias de su tiempo. Hasta Sauron, Señor Oscuro en su Trono Oscuro, ha creado una sociedad en la que conviven en armonía orcos, trolls, magos caídos en desgracia y antiguos reyes humanos muertos hace tiempo.

Comentarios divertidos aparte, mi consejo es el siguiente: no os fijéis tanto en si cada raza tiene su reino -lo cual puede entenderse como un alegato del segregacionismo- o si cada reino tiene su rey, con su corona de brillantes: fijaos en los personajes principales, en qué nos quiere decir el autor con ellos, en qué los motiva, en qué medida se liberan o diferencian de las ataduras del mundo en el que viven y hasta qué punto lo cambian con sus actos, con sus palabras, con su mera existencia. Si la vida de estos protagonistas es un canto a la libertad en un mundo de cadenas, ¿qué pesa más en la naturaleza de la novela, ese mensaje que el autor transmite a través del personaje, o el contexto en el que lo ubica? Yo lo tengo claro.

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A modo de resumen. Sí, los autores de fantasía épica escogen en su mayoría un contexto EBM para narrar sus historias, pero estas no suelen tratar sobre conservadurismo, sino sobre ideas que se me antojan lo opuesto a este principio. Los protagonistas quizá no enarbolen ninguna bandera o se erijan en defensores de un credo, pero lo pretendan o no, cambian el mundo movidos por su espíritu aventurero, cuando no justiciero. Y ahí es, en mi opinión, donde radica el espíritu de una novela y su naturaleza.

O algo.