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martes, 25 de junio de 2013

Las Tierras del Trasgo: Is, Esidia y Thorar

Is es piedra blanca y vegas de viñedos. Es sol tibio al norte y vivo al sur, donde linda con Ara; es orfebrería de bronce y lapislázuli, es aceite ardiendo ante los altares de cien dioses. Y también es una tierra de historias que hablan del nacimiento del mundo y su final. Vlad el Viajero observa desde la distancia un corro de niños y, para su sorpresa, niñas, que escuchan a un hombre obeso y rosado con una sonrisa capaz de unir los dos extremos del continente.
Is, por Óscar Pérez.
Primero les habla del norte, de Esidia. Los esidianos, dice, son como osos, no por grandes o fieros, pues no son ni lo uno ni lo otro, sino porque rara vez los verás fuera de su madriguera. Allí, bajo la luz de lámparas de aceite, antorchas o una hoguera en la chimenea, abrigados por pieles y rodeados por paredes de madera y roca, forjan sus armas, leen sus códices, escriben sus tratados, acuñan su moneda. «Les gusta callar», dice, «porque saben mucho, y el que mucho sabe tiene ganas de saber más, así que guarda silencio para escuchar y aprender». Esgrimidores jactanciosos que afirman poder separar la tierra del cielo de un tajo, sinceros hasta el daño, listos como búhos y altaneros como gallos.

Esidia, por Óscar Pérez
«Apenas veían el sol», explica, «así que tuvieron que aprender a medir el tiempo sin él, y que por eso inventaron unos aparatos llamados relojes compuestos por muchas ruedas que bailan entre ellas e indican, con un compás, las horas del día». Habla de las montañas más grandes del continente, hogar de trasgos, pobladas por hombres que unos dicen que son bárbaros aún vivos, otros que solo los espectros que los muertos dejaron atrás. En los picos menudos anidan los grifos y en sus apretados burgos se dice que se reúnen eruditos y sortílegos bajo el mismo techo para intercambiar secretos.

Luego menciona el oeste. Pronuncia el nombre de Thorar, que suena como una espada al desnudarse. Antes de continuar su sonrisa se invierte como la mueca amarga de un sapo. «Thorar nació entre sangres y entre sangres terminará» dice sin que su joven público se sobresalte. «Si miras a los ojos a un thorense», murmura, «puedes ver un desafío helado, muy, muy sereno. No lo controlan. Te miden. Te estudian. Te rondarían en círculos si no tuviesen cortesía. En cada thorense bulle el fuego: por eso adoran al sol, porque cuando miran al cielo no ven a un dios al que rezar sino un igual con el que reunirse en la muerte. Son fieros, no como el tejón y otras alimañas, sino como el venado. No te atacará a menos que entres en su territorio o lo importunes. Ahora bien. Si lo haces, seguirá pateando tu cuerpo después de muerto».

Thorar, por Óscar Pérez
Lubrica su garganta con vino blanco. Mucho. Habla de la corona de Thorar, que por primera vez en siglos no ha cambiado de familia. Del Consejo, cinco sabios que gobiernan todos los asuntos reales. «De uno de ellos se dice que puede transformarse en cuervo a voluntad», dice mientras mueve los dedos, «y de otro, que bajó desnudo de la luna con una lanza de plata. Con alzar una mano, tienen mil picas a sus pies. Si al bajar la mano señalan en una dirección, las naciones que se encuentran al final del dedo tiemblan. ¿Sabéis que hizo así a Thorar? El acero y su propia sangre. Tiene más cicatrices que caminos. Por eso, cuando hagáis daño, pensad que el dolor no es agua, que se evapora al sol: es lava, caliente al derramarse, pero que al enfriarse se acumula, endurece y dura generaciones».

El hombre gordo apura su vaso y mira lejos, a las suaves colinas sobre las que se derrama el pueblo. Ve a Vlad y, reconociendo a un viejo amigo, sonríe.

«Algunos dicen que el continente comenzó en Thorar y en Thorar terminará. Otros dicen que quienes traerán la noche eterna vendrán de las sombras de Esidia. Quizá ambos tengan razón». Los asistentes continuaban escuchando sin dejar entrever muestra alguna de inquietud. «No importa lo que nos deparen los destinos. Llevaremos arena y agua a los fuegos. Llevaremos luz a las sombras. Pues mientras quede un cuerpo en Is capaz de sostener el escudo y la pluma, resistiremos al paso de los siglos y escribiremos sobre el final mismo de los tiempos».

viernes, 7 de junio de 2013

Lectura conjunta de El Rey Trasgo

Es muy posible que hayas oído hablar del libro. Una reseña. Un comentario en un foro. Un mensaje en una red social. Cosas que despiertan una chispa de curiosidad.

Hasta ahora no te has animado a probar con él. El panorama editorial tiene propuestas interesantísimas y desde los estantes de las librerías, una legión de portadas te tienta con promesas deliciosas.

Pero te seguías acordando de ese libro de los trasgos, la tinta, las lágrimas y la roca, ¿verdad?; esperando, quizá, a que llegue ese momento adecuado de hacerte con él.

Pues bien, ese momento ha llegado.

Alkiio, autora del blog Historia de una Palabra ha creado una iniciativa de las que te hacen actualizar el navegador para asegurarte de que son ciertas. Ha tenido la estupenda idea de crear una lectura conjunta de El Rey Trasgo. Disfruto mucho de las lecturas conjuntas así que si vosotros también, tenéis una oportunidad de oro para adentraros en el mundo del trasgo.

Sea vuestra primera lectura o la segunda -que también vale-, os animo a recorrer junto a este grupo las galerías de los Picos Negros, a contemplar el continente a bordo de la Ciudadela, a perderos en el aroma a madera y papel en una librería de Esidia. Podéis conocer los detalles de la iniciativa haciendo clic aquí o en la imagen, que podéis incorporar a vuestros blogs.


Esperad... No pensaríais que lo iba a dejar aquí, ¿verdad? De eso nada. Desde Kelonia y a título personal queremos tener un detalle con quienes participen. Además de un 5% de descuento automático si compráis el libro a través de la web de Kelonia -indicad vuestra participación en la lectura conjunta en los comentarios-, entre los participantes sortearé tres copias de Las Tierras del Trasgo dedicados por Óscar Pérez. 

¿Cómo funciona? Tú participas. Si la fortuna te elige con su blanco dedo coronado de nácar, eliges la Tierra del Trasgo que más te guste y la recibes en casa. Así de sencillo. Así de bonito.

Y aún quedan tres Tierras por publicar, que estarán en el blog en Julio: Is, Esidia y Thorar. Ya veréis, ya.

Gracias a todos los que participéis y un agradecimiento especial con abrazo incluido para Alkiio por la idea.

jueves, 16 de mayo de 2013

Las tierras del trasgo: Othramaras

Othramaras, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

No entres, chiquillo, en el bosque,
con el arrojo que en cuentos leíste.
No creas conocer el camino.
No creas que el sol te protege.

No vayas tras las mentiras,
que la arboleda te ofrece,
no intentes burlar un destino,
que a las hadas pertenece.

No te fíes de los halagos de ninfa,
ni de los augurios de espectros.
Desconfía del cuchicheo del trasgo,
de las dulces promesas del duende.

No escuches a sus habitantes, niño:
manipulan, inventan, mienten.
Y bajo sus sonrisas esconden
afiladas hileras de dientes.

No entres, chiquillo, en el bosque,
con el valor que en leyendas escuchaste.
No sabremos dónde has ido.
No podremos encontrarte.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Las tierras del trasgo: Aesil

Aesil, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

Fue el sublime […] quien formuló la […] pregunta:
No es la vida sino […] entre infinita oscuridad,
¿A qué estudiar […] la vida […], tanto por saber de esa oscuridad?
[…] La muerte, el regreso […] a las tinieblas.
Durante años meditó en los desiertos de Aesil, habló […] el cielo y la tierra.
Alimentándose de […] y luz y palabras y pensamientos.
Vivió la muerte […], vivió el vacío. […] lágrimas sobre la roca yerma.
Cruzó los umbrales […] centinelas astados de tiempos antiguos ante sus pilares.
[…] sin miedo, deseoso de conocer la oscuridad […] la inocencia de un niño.
[…]
En sueños vio que la oscuridad no era completa, sino […] el cielo estrellado.
Luces distantes […]. Los muertos.
Allí aprendió palabras más poderosas que la magia, más que la adivinación.
Pronunciarlas le condenó. Aprendió que la muerte […]
[…]
Los mismos dioses pueden morir. Por eso piden nuestro favor […]
Ofrecen vida, poder […] Cuando mueren […] mueren también los dioses.
En la gran ciudad de Niva se quemó el templo con sus sacerdotes.
Hasta Raspeth llegaron los aullidos […], las rojas colinas de Gad.
[…] sangre de sacerdotisas y eunucos. Y el dios […] gritó con ellos.
Ardieron los tomos, los pergaminos, en la gran ciudad de Niva […]
“Mira, extranjero, las llamas lamiendo sus muros centenarios.”
“Mira cómo muere un dios.”
[…]
La sangre que fluye por el mundo […], que teje todas las cosas.
[…]
Del mismo modo que puede morir lo mortal, lo mortal […] eternamente.
[…] bálsamos y palabras, palabras de poder. […] los cuerpos.
Desoíd [...] que buscáis. 
Las palabras vacías de la nigromancia; no puede ser vida lo que no es sino servidumbre.
Las promesas vacías de la momificación; no puede ser vida lo que no es sino postración.
La [...] de la consciencia; no puede ser vida lo que [...] contemplación.
Nadar fuera de la oscuridad, como nadar fuera del caudaloso […]
Y regresar […]
[...]
Así habló el sublime […]
Así ha de ser.

Extracto de las tablas de Aesil.
Uno de los textos escritos más antiguos del continente, grabado en arcilla.
Los fragmentos que completarían el texto se han perdido para siempre.

martes, 16 de abril de 2013

Las tierras del trasgo: Zeridom


Zeridom, por Óscar Perez. Clic para ampliar.

Vlad el Viajero bajó del caballo y dejó que el mozo lo condujese a los establos, no sin un inicial recelo a la hora de entregar las bridas al muchacho: era menudo, con una cara de yeso cuarteado seca como la tierra que pisaba; respiraba deprisa, apresurado, pese a moverse despacio con gestos muy austeros. Se le antojaba un ratón torpe de tan enfermizo, aunque no vio maldad en aquellos ojos que, por algún motivo, imaginaba capaces de ver en la oscuridad.

—¿Qué, qué, qué le trae a Zeridom? —preguntó el mozo, escupiendo la última sílaba como una flema.

—Viajo por el continente —contestó Vlad mientras se quitaba los guantes. Pese a la apariencia mortecina que reinaba en los alrededores, hacía calor en aquel lugar. Un calor muy seco, áspero como una verdad, que le lamía la cara con esparto y le obligaba a multiplicar los parpadeos.

—¡Pues vale! —rezongó el mozo ante la lacónica respuesta. Su caminar era grotesco: avanzaba lento para dar sin previo aviso una sucesión de zancadas desgarbadas, en las que los brazos pendían como pesos muertos y la cabeza yacía laxa sobre un hombro—. ¿Me dará una moneda?

—Si cuando recoja al caballo lo encuentro limpio, te daré una moneda de cobre.

El muchacho volvió la cabeza rápido como un búho. Los labios estaban prietos en la clase de mueca que esbozaría alguien que ha olvidado sonreír.

—¡Gracias, señor! —Y se alejó a trompicones entre las cuadras.

Vlad el Viajero no tardó en reparar en el silencio. Estaba acostumbrado a ser recibido con el estruendo de tenderos y viandantes, pero en aquel lugar podía escuchar con nitidez el trino de los pájaros, el ronco gemido de las ruedas de carro, la canción triste de los bueyes. Las gentes se movían con parsimonia, sumidas en un silencio religioso. No reaccionaban al verle, si es que lo hacían. Apenas cambiaban la trayectoria para esquivarlo. Extrañado e inquieto por aquel comportamiento, optó por alejarse de las calles principales y pasó el día transitando el anillo exterior de la fortaleza, rondando las murallas a paso vivo mientras contemplaba los yermos salpicados de árboles rojos que se extendían a su alrededor.

Cuando cayó el ocaso concluyó que no había visto ni la décima parte de aquel lugar: el castillo era laberíntico, retorcido más allá de la cordura, un caos de escaleras de caracol y galerías de piedra negra. Había pasado ante la misma torre media docena de veces por diferentes caminos: cuando quiso dirigirse hacia ella por una de las rutas que ya había tomado, acabó en un barracón lleno de guardias.

—¿Y la torre? —les preguntó, interrumpiendo su partida de dados.

—Por aquí cerca no hay ninguna torre —dijo uno de ellos sin apartar la mirada de la mesa.

Lo atribuyó a un despiste y siguió pululando tras las almenas.

Cuando el sol apenas era una yema de pulgar, decidió que era un buen momento para recogerse y se encaminó hacia el anillo interior. Dos guardias con armaduras blancas, como de alabastro, le salieron al paso cuando se acercó a uno de los portones que daban acceso a las monstruosas atalayas que se erguían en el centro del castillo. Una de ellas, pulida como una perla, penetraba las nubes hasta perderse tras ellas.

—¿Qué quieres? —preguntó hosco uno de los centinelas. Cuando Vlad el Viajero se llevó la mano al cinto, siguió sus movimientos con un iris lechoso.

—Deseo pasar la noche en el interior del castillo. Estoy recorriendo el continente en una misión de naturaleza especial. Imagino que el sello de este documento suavizará cualquier posible complicación.

El guardia arrebató con rudeza el pergamino y se lo acercó mucho a la cara, como si lo quisiese oler. Tras una lectura diagonal y un vistazo al sello, tomó aire como toro a punto de embestir y miró a Vlad con el desprecio que reservaría para un gusano en la comida.

—No te muevas —dijo antes de desaparecer tras una pequeña portezuela instalada en la propia madera del portón. Vlad aguardó con la sola compañía del otro guardia, al que la caprichosa luz de Zeridom teñía de un violeta muy oscuro. A sus espaldas, las gentes abandonaban las calles con el mismo silencio que les acompañaba al recorrerlas. En el interior de las casas empezaron a nacer destellos ambarinos; no en el castillo, que seguía oscuro como un palacio abandonado.

El guardia regresó pasado un buen rato y le devolvió la misiva con cara de pocos amigos. Su ojo inútil se clavó en el viajero como un puñal de marfil. Habló sereno:

—Dormirás en el castillo, pero con una condición.

—No voy a robar nada, si es lo que les preocupa.

—Tienes cara de saber lo que te conviene, así que sabemos que no lo harás. —El guardia alzó la mandíbula, camuflando sus facciones bajo la incipiente oscuridad—. Pero obedecerás en lo siguiente: mientras haya noche, no saldrás de tu dormitorio.

—¿Perdón? —preguntó Vlad, casi divertido.

—Me has oído perfectamente y alguien estúpido no tendría un sello como el que portas. Así que haz lo que te he dicho: si en el cielo ves estrellas, permanecerás en la habitación. —Hizo una pausa—. Y si no sales de la cama, todavía mejor.

—¿Todavía mejor?

—Para ti y para todos.

—Ridículo —cogió sus bártulos y se dispuso a pasar entre los dos guardias. Estaba a la altura de ambos cuando sintió una mano en el hombro, pesada y con un apestoso olor a cuero.

—No te lo diré otra vez. No salgas de la habitación.

Vlad no se molestó en volverse. Si lo hubiese hecho, la experiencia le hubiese advertido que aquel hombre solo quería protegerlo.


Austera y triste como el funeral de un campesino, con dos velas gruesas escoltando un catre viejo, la estancia era poco mejor que un establo, pero Vlad había pernoctado en lugares mucho peores —como nidos de draco o en un rebaño de carneros—, de modo que asintió satisfecho mientras tiraba el petate a un rincón, antes de encender las velas con lumbre robada de una antorcha y echarse sobre el camastro. A través de la ventana solo se veía un tapete de oscuridad en el que candiles y estrellas brillaban como dos reinos, ámbar y plata, separados por una frontera invisible. Quería repasar los acontecimientos del día, pero el sueño le traicionó durante un parpadeo lento y lo arrastró consigo.

Despertó al notar algo en los labios.

Se desperezó plácido y se puso en pie. Fuera, el reino plateado de las estrellas se erigía ya como soberano único de la noche; a su alrededor, las velas aún encendidas sangraban cera, reducidas a una fracción de su tamaño original. Vlad se tanteó los labios, donde aún flotaba un cosquilleo húmedo con sabor propio.

No había nadie en la habitación. ¿Cómo podía, entonces, estar tan seguro de que le habían besado?

La puerta estaba cerrada, tal como la dejó, pero de algún modo le invitaba a salir.

«Habladurías de aldeano», pensó al evocar la advertencia. Abrió la puerta y se adentró en el pasillo.

La vio acercase por el extremo izquierdo, alertado por el ruido de sus pies desnudos sobre la piedra. Avanzaba hacia él despacio, felina, cruzando una pierna ante la otra hasta ocultar la anterior, bamboleando las caderas. Su piel era seda ebúrnea y su pecho, una invitación al paraíso de areolas rosadas.

—¿Necesita…? —preguntó Vlad mientras la mujer extendía los brazos hacia él—. ¿Necesita… ayuda?

Cuando quedó a poca distancia, dos ojos grises le encadenaron a una mirada de ofidio de la que no se pudo liberar hasta que sintió carne deslizándose a su espalda.

Echó la mirada a un lado: una mano de dama vieja, lechosa y huesuda, invadía su pecho desde los hombros. Sintió aliento en la yugular antes de que unos labios privados de calor empezasen a explorar, despacio, sus trapecios. Se volvió. A sus espaldas, la mirada metálica de una anciana desnuda.

Vlad dio un grito a la vez que se zafaba de aquel cabello enmarañado cual zarzal, de ese rostro cuya piel colgaba como lo haría una máscara mal colocada, de la carne fláccida que había estado en contacto con su cuerpo. Sin perder de vista a ambas mujeres, retrocedió hacia la puerta de su habitación. Temía que le siguiesen, pero pronto comprobó que su miedo era infundado: cada una iba al encuentro de la otra. La dama vieja se había entretenido con él porque estaba en su camino; una vez apartado, prosiguió su trayecto hacia la joven.

Cuando se encontraron, la doncella y la anciana se abrazaron como amantes. Vlad cruzó el umbral cuando habían empezado a besarse con los ojos muy, muy abiertos.

El ruido de sus jadeos le impidió oír la respiración fatigada del viejo que se sentaba sobre el camastro. Solo reparó en él cuando habló.

—¿Dónde está mi reino? —preguntó con una voz quejosa que arrancó otro grito de Vlad—. Se extendía hasta allí, hasta la Cresta de Wyverna. ¿Y mi reino? ¿Qué han hecho con mi reino?

El anciano, pese a su aspecto mustio, lucía una porte noble que el tiempo no había conseguido resquebrajar: una mano sobre la otra, la cabeza alta, la espalda erguida al final de una melena del color de las estrellas. El perfil anguloso añadía personalidad a una voz galante, como en permanente cortejo, y mientras se ponía en pie su túnica granate parecía miel derramándose lenta. Descalzo, dio dos pasos hasta la ventana y miró por ella.

—Lo llamaban “El Reino en el Fin del Mundo”. Un único castillo que atalaya Galaria y el continente. Una aguja que vigila el cielo. Los ejércitos de blanco llevaban gloria en sus estandartes. Dime, desconocido, ¿dónde está mi reino?

—No sé de qué me habla —contestó Vlad, que notaba enfriarse la cortina de sudor que le empapaba la espada.

—Allí —extendió un dedo huesudo—. Debería estar allí. Pero no está. Se lo han llevado. ¿Y mi reino? Lo que con sangre se tomó, con sangre ha de perderse. ¿Cuántos muertos…?

—No sé de qué me habla —repitió Vlad, sintiéndose un idiota al balbucear las palabras. No era capaz de decir nada más.

El anciano caminó hacia el viajero. Vlad observó, para su horror, que dejaba un rastro carmesí a su paso, como si la túnica se deshiciese tras de sí. Cuando colocó sus manos sobre él, no fue capaz de moverse.

—Nos mintieron —dijo mientras le sacudía de los hombros con vigor—. Nos dijeron que eran leyendas, pero existen. Yo no los he visto, ¡pero ellos sí! ¡Me hablaron de ellos! Me dijeron que un día los vería, pero no regresaron, ¡nosotros les asustamos! —continuó, cada vez más alterado—. ¡Les asustamos con nuestra brutalidad, nuestro salvajismo! ¿Y mi reino?

—Le juro que no sé de qué me habla. Por favor, márchese —rogó Vlad—. No volveré a salir de la habitación. Haré lo que me digan. Pero por favor, váyase.

—¡No los veré jamás! —aulló—. ¡Ellos tenían la respuesta, tenían todas las respuestas! Juraron amistad conmigo, Aeduard de Zeridom, ¡pero ya no queda nada! ¡Han desaparecido! —Los ojos amenazaban con desgarrar los párpados. La boca se abría cada vez más con cada grito, hasta que los labios quedaron a un palmo de distancia. Las mejillas se hundían como arena—. ¡Se han ido! ¡No volverán jamás! ¡Ha’krun! ¡Gildah he’then, ha’krun! ¡He’then e Zeridom! ¡He’then e dom a fer! ¡Ha’krun!

La mandíbula se habría convertido ya en las fauces de una criatura sin nombre. Vlad las vio abalanzarse sobre él antes de que todo quedase oscuro.

Le despertó el cantar del gallo. Todo a su alrededor estaba tal y como lo recordaba salvo las velas, que se habían consumido por completo. Cuando se incorporó, notó el abrazo pegajoso del sudor que le cubría todo el cuerpo. Inmediatamente se palpó el cuello en busca de una herida que no encontró y miró por la ventana para ver amanecer sobre el laberíntico castillo de Zeridom. Las proporciones de aquel lugar, su demencial estructura, le hicieron quedar inmóvil y en silencio hasta que el sol terminó de asomar tras las montañas, desterrando las sombras.

—Malditas pesadillas… —murmuró Vlad para convencerse a sí mismo. No lo consiguió.

Al abandonar el lugar, se topó con el guardia que le advirtió. A este no le hizo falta preguntar: el gesto del viajero le dijo todo cuando necesitaba. Vlad, orgulloso, siguió caminando sin decir nada hasta que un nombre vibró en su memoria.

—Por cierto —dijo a la vez que se detenía en seco—. ¿Le suena el nombre de Aeduard?, ¿Aeduard de Zeridom?

El guardia arqueó una ceja.

—Fue nuestro rey hace casi cinco siglos. ¿Por qué lo pregunta?

—Curiosidad —contestó Vlad en voz baja.

Hizo un esfuerzo por traer a su memoria las palabras del anciano, pero fue en vano. Resignado a su suerte, con el miedo derritiéndose bajo el alba como nieve seca, caminó entre la gente silenciosa, entre los muros interminables, con una moneda de cobre bailando entre los dedos por si el mozo había cepillado bien al caballo.

sábado, 16 de marzo de 2013

Las tierras del trasgo: Qoria


Qoria, de Óscar Pérez. Clic para ampliar

Lauka recordaba bien el día que Padre le explicó por qué siempre pasarían hambre.

—¿Sabes por qué Qoria tiene tantas islas, tantas que no se pueden contar?

Respondió lo único que podía contestar un niño de ocho inviernos.

—Hace años, muchísimos, cuando el abuelo del abuelo de tu abuelo aún no había nacido de la noche a la que un día regresaremos, los qorios olvidaron a sus dioses: dioses antiguos, que gobernaban las mareas y hacían caer el trueno del cielo.

»Por aquel entonces Qoria era muy distinta: en los bosques había caza abundante, jabalíes tan grandes que solo los hombres más valientes podían abatirlos, pero que saciaban de carne a una familia por dos semanas; también venados de astas que parecían desafiar a las ramas de los árboles, majestuosos, barbados como los hombres sabios. Los mensajeros del rey cabalgaban por las planicies para llevar su voluntad a cualquier rincón. Por los ríos navegaban nuestros barcos, que llevaban pieles curtidas a otras naciones y traían manjares del continente.

»Pero todo eso cambió cuando a Qoria llegaron dioses nuevos. Vinieron en las bocas de marinos procedentes de Kara, en los corazones renovados de peregrinos, en los relatos de mercaderes mientras vendían sus telas. Nombres nuevos que no pedían sangre sino palabras; que no necesitaban sacrificios sino devoción. Se extendieron como el musgo por una piedra. En menos de una generación los dioses antiguos agonizaban, pero uno de ellos aún tenía fuerzas para demostrar a los qorios que los dioses no se toman a bien ser desterrados al olvido.

Padre se detuvo un instante antes de continuar. Puso los ojos en blanco un instante y luego le miró muy fijamente, abrazándole con una mirada llena de compasión.

—Dhanor, dios del martillo, asió el arma que utilizará cuando llegue el fin de los días y golpeó a Qoria con ella, como golpea el herrero un hierro que empieza a torcerse. La tierra chilló y se abrió. La sangre que corre por el mundo manó como ríos de fuego, engulléndolo todo a su paso. Un mar airado vomitó olas y corrió libre por las heridas de la tierra. Cuando los cielos se pudieron volver a atisbar a través de la ceniza, bajo ellos se extendía una nación hecha pedazos. Qoria había dejado de ser un lugar acogedor donde se encontraban el verde y el azul: se había transformado en un millar de islas, un reflejo del cielo nocturno.

»Al cataclismo le siguió el caos. Hombres ambiciosos se proclamaron reyes de pequeños archipiélagos e hicieron la guerra entre ellos. Algunos se entregaron a la mar, diciendo que Qoria estaba maldita. Muchos se quedaron, resueltos a aplacar a los dioses antiguos derramando en su nombre toda la sangre que ellos habían reclamado. La tierra dejó de ser generosa: en ella crecen árboles mustios y hierbajos, que sirven de alimento a bestias de tiempos perdidos. También dejó de ser segura, pues nunca se sabe cuándo un señor de la guerra va a poner sus ojos en un islote, por insignificante que sea, para ganar una mínima ventaja en sus luchas de poder.

»Es por ello por lo que nuestra patria tiene fronteras de espuma. Por eso hizo la mar tu abuelo, y su abuelo, y el de este. Por eso la harás tú cuando tengas fuerza para blandir un hacha. Por eso el terror tiene un nombre, y es el de nuestros dioses. ¿Lo has entendido?

Respondió que sí en silencio.

El batir del mar se convirtió en el murmullo de cuya mano caminaba el tiempo. Cuando llegaba la primavera atracaban en una isla pequeña, de playas oscuras y huertos humildes, donde Padre visitaba a una mujer a la que entregaba pescado, carne seca, pieles y abalorios. Lauka esperaba que algún día le llamase Madre, pero nunca ocurrió. Siempre que Padre y la mujer conversaban en una habitación contigua a la suya, Padre le decía que viajase con él, que aquel lugar defendido por media docena de lanzas no era seguro. Ella se negaba. Gritaban; después la mujer lloraba, había un rato de silencio y seguían gritando, aunque de otro modo, hasta quedarse dormidos.

En invierno viajaban al oeste, esquivando las hostiles aguas de Grithar hasta adentrarse en Kara, pues el imperio era grande y no podía defender todas sus costas. Un día muy frío vio matar a Padre por primera vez: el hombre que defendía la playa era un guiñapo escondido detrás de un escudo; Padre pateó la tabla con la que se protegía, arrojándolo al suelo, y hundió su hacha en la arena a través del cráneo. Mientras sus hombres se unían a él en la refriega, volvió la mirada hacia el barco: Lauka tardó en reconocer a Padre en aquella figura hecha de pieles y acero, a cuyos pies temblaba un cuerpo que tardó demasiado en detenerse por completo. Después los hombres se perdieron entre la niebla. Luego llegaron los alaridos.

Pasaron cuatro primaveras. Padre no murió en batalla sino entre fiebres y su cuerpo fue arrojado al mar.

—Ahora tienes que ser un hombre —le dijo uno de los marinos.

Lauka aprendió a pescar y curtir, a coser redes, a navegar, a preguntarle su posición a las estrellas y su destino a los vientos, a defender el barco de los monstruos marinos y a cerrar heridas con aguja e hilo. Aprendió a manejar el hacha y a hacer temible su lanzada, a arrojar una jabalina y recogerla antes de que aterrizase, a romper una formación y a formar parte de un irreductible muro de escudos. Y a honrar a los dioses. Bajaba del barco pronunciando sus nombres, aullaba loas a su gloria mientras quebraba rodelas y cuerpos. Y cuando su propio vástago —hijo de una mujer a la que iba a visitar cada primavera— tuvo suficiente edad y  entendederas le contó la historia de Dhanor, el airado Señor del martillo, que golpeó a Qoria como un herrero golpea al hierro que se tuerce.

Y mientras aquel rostro menudo le contemplaba en silencio, oyendo su historia de dioses y hombres, Lauka sintió un calor que no podían darle las pieles.

jueves, 28 de febrero de 2013

Las tierras del trasgo: Ara


Ara, de Óscar Pérez. Clic para ampliar.

Acertijo arense

¿Qué afila el acero con su toque?
La piedra.
¿Qué hace enloquecer al hombre sin tocarlo?
La mujer.
¿Qué cambia de manos nobles pero no de manos pobres?
La tierra.
¿Qué transforma al pobre en temido?
El poder.

Soy piedra que afila el acero sin tocarlo,
Enloquezco al hombre sin mirarlo,
Hago que cambie de manos la tierra
Y en temido al pobre transformo.
¿Qué soy?

(Arrastra el cursor hasta por la línea inferior para saber la respuesta)
El oro.

miércoles, 30 de enero de 2013

Las tierras del trasgo: Regengrat


Regengrat, por Óscar Pérez. Clic para ampliar

Regengrat se muere.

Se muere porque la idea que la vio nacer recibió el golpe de gracia hace tiempo, dejando tras de sí una nación que se pudre como un cuerpo privado del espíritu que lo movía.

Hubo un tiempo... hace tantos siglos que sus ecos no llegan como voces sino en forma de murmullos tímidos, gotas que con su repicar discreto narran poemas sobre héroes.

Héroes.

Qué palabra tan bella, ¿no es así? Abandona la boca de la mano de un único suspiro, como si estuviese pensada para ser susurrada entre dientes a la vez que se hace acopio de las últimas fuerzas. Y qué evocadora. Hubo un tiempo en el que se me erizaba el vello cuando la pronunciaba con el corazón. Ahora... Ahora me saca una sonrisa nostálgica y una sensación a caballo entre el frío y el calor, como mirar a la mujer amada en el ocaso de la vida.

Los héroes mueren, y Regengrat con ellos.

Hace siglos, el sur del continente era de sus actuales pobladores. ¿Que quiénes los hicieron retirarse hasta las verdes tierras donde aún se refugian? Bueno, pues es una excelente pregunta. ¿Es posible saber qué perros mordieron y cuáles no después de que una jauría dé muerte a un venado? No, ¿verdad?

Lo razonable hubiese sido pedir el socorro de Kara. O imitar las tácticas del enemigo. O abandonar los viejos juramentos que los ataban a una forma de entender el combate a través de duelos entre campeones. Hubiese sido lo razonable... Pero buscar razón aquí, bajo las costillas, es buscar peces en la estepa.

La guerra fue atroz. Se borraron linajes como si sus blasones fuesen de arena. Podrían haber repudiado de sus juramentos en decenas de ocasiones, en cientos, pero no lo hicieron. Estúpidos, testarudos, tercos, antiguos, imbéciles. Malditos sean. Malditos sean...

¿Sabes cómo murió Alric Tamalhain? Abandonó su formación, compuesta por sus compañeros más próximos, y se irguió hacia el enemigo, la carne cubierta de pinturas de guerra y una armadura de plata; el último varón de una saga tan antigua como el continente. Extendió la lanza hacia el comandante enemigo y lo desafió a un combate singular. El enemigo respondió con una andanada de saetas. Las leyendas dicen que hicieron falta tres salvas para abatirlo y que, aún con un soplo de vida, empalado por decenas de astas, llegó a quedar cara a cara frente al comandante enemigo y reunió aliento para proferir sus últimas palabras.

"Dame mi duelo si te atreves". Estaba herido en la garganta, en el rostro, en el pecho. No podía levantar los brazos, siquiera.

Pero solo son leyendas.

Las familias supervivientes se reunieron para hacer un frente común contra sus muchos invasores. Al principio eran doce. Ahora quedan cuatro, si no me falla la memoria, y en una de ellas se rumorea de la reina que es yerma. Todas ellas contemplan los tapices en los que están grabados sus árboles genealógicos, tan extensos que adornan pasillos enteros, mientras se preguntan cuánto tiempo les queda.

No tienen ejércitos, solo levas; no tienen esperanza, solo dolor; no tienen futuro, solo muerte.

Regengrat se muere.

Y yo con ella.
Testamento, autoría desconocida 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Las tierras del trasgo: Corcia


Corcia, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

"Habían cabalgado hasta extenuar a los caballos durante cuatro días, dejando su nación atrás y adentrándose en el reino de Corcia: vecino de Esidia al sur, era una tierra de gloria pasada, de batallas ganadas y guerras perdidas, de ruinas habitadas por leyendas y palacios con columnas de mármol cubiertas de clemátides y jazmines; poblada por campesinos, labriegos, pastores y príncipes tan ociosos como arrogantes envueltos en un ayer recogido en versos que tapaba las vergüenzas de un presente desnudo. Esidia y el resto de reinos fronterizos siempre habían mantenido las distancias con aquella nación triste, eludiendo tanto el conflicto como la alianza, pues si prefería lamerse las heridas y añorar tiempos mejores, ¿quiénes eran ellos para impedirlo? Durante sus días de gloria, Corcia reclamó para sí el oeste del continente, llenando el mar de galeras, hasta que las luchas intestinas terminaron por convertirla en una sombra de lo que fue. Sin embargo, lo más desolador no era el hecho de tener aún fresco el recuerdo de lo que se perdió, sino la absoluta falta de deseo de recuperarlo. Corcia era, a ojos de una buena parte del continente, una nación que reposaba en su lecho de muerte, abandonándose como una dama ebria mientras seductores recuerdos la hacían sonreír de forma bobalicona."

Fragmento de El Rey Trasgo, la Ciudadela y la Montaña

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Las tierras del trasgo: Grithar


Grithar, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

Durante la travesía gustaba de salir a cubierta, cuando el tiempo le permitía aquel lujo. Lejos, muy lejos, titilaban las luces ambarinas de los faros.

Cuando partió, el navío bañado de alba recibió las caricias del mar con vaivenes tímidos, dejándose lisonjear por sus lametazos. Pero al paso del día, como un amante que ardiese con cada nuevo roce y excitado por la luna temprana, el mar arrojaba furiosos envites, besos de espuma que amenazaban con arrastrar el barco en un abrazo que duraría toda la eternidad. Los truenos y las gotas de lluvia redoblaban sus tambores y barriles, dando música al romance. Dentro de la embarcación, silencio.

Adrik apretó contra el pecho a su hermano pequeño, que se había quedado dormido de tanto escuchar los latidos serenos allí encerrados. Madre, con la sonrisa empapada de sudor, le había llamado Dalen antes de que la vida le abandonase por el cordón umbilical; "Promesa" en la lengua de su tierra. Una promesa para Adrik: abandonar Qoria, donde la única elección para un muchacho era entre el hambre y la muerte, poner rumbo al sur a través de Grithar y no mirar atrás.

Había tardado años en reunir el dinero: segó campos, vendió pieles, limpió cuadras. Cuando le pidieron matar, lo hizo con las manos frías y musitó disculpas entre lloros mientras la sangre se le secaba bajo las uñas. Pero lo había conseguido. A cambio de tres onzas de oro, dos de plata y una de cobre, como era tradición, un mercader les dio la bienvenida a bordo de su barco. "Son esclavos", diría una vez en tierra para explicar la compañía de seis hombres, tres mujeres y tres niños, además de la tripulación, "esclavos para el continente, que los fuertes brazos del norte son tan apreciados como las especias del sur".

Al cuarto día tocaron tierra. Adrik y Dalen escucharon las instrucciones del mercader mientras sentían timbales en cada nervio de sus cuerpos: abandonarían el barco solo cuando él se lo indicase, con las manos atadas y la cabeza gacha. Simular flaqueza no les sería difícil, ya que apenas habían probado el pan durante el viaje, aunque Adrik pensó que quizá le costase contener la sonrisa. Cuando el comerciante se hubo marchado, miró a su hermano.

—¿Estás listo?

Y aquella cabeza, todo ojos y sonrisa apretada, asintió rápido.

Cuando el portón descendió, apenas entró luz. Una cortina de agua se desvió de la cascada que caía del cielo y se estrelló contra ellos como un enjambre. El aire era frío y salino, pero traía promesas en sus húmedas caricias. Más allá del umbral se extendía la negrura de una playa coronada por acantilados, tintada por el fuego de los faros.

Los hombres que rodeaban el barco eran tan siniestros como las tierras que guarecían: ballesteros tocados por capuchas de pico mantenían las armas listas desde los riscos y guerreros de largas melenas cruzaban las lanzas sobre el emblema del cangrejo que vestía sus pechos. En medio, situado ante la abertura que daba acceso al interior del barco, uno de los legendarios guardias de coral. Quizá fuese la capa, la armadura de escamas o el modo en el que resistía estoico los enviones de la tormenta, pero había algo fascinante en su presencia. Adrik tardó en comprobar que los ojos del centinela eran dos enormes cuentas oscuras y cuando lo hizo, se estremeció.

—Fuera del barco —ordenó uno de los guerreros. Obedecieron despacio y cuando el primer cuerpo hubo hundido los pies en la arena, los ballesteros apuntaron al unísono. El miedo interrumpió la marcha de la fila pero Adrik, que la encabezaba, apretó los dientes y avanzó mientras ríos dulces de lluvia se precipitaban por sus facciones. No pasó mucho tiempo hasta que los doce cuerpos maniatados quedaron a la intemperie. Dos hombres de Grithar entraron en la nave y comprobaron que no quedaba nadie. Cerraron la entrada.

Adrik miró hacia atrás para encontrar su mirada con la de Dalen. Lejos, en el mar, una bestia cornuda escupía al cielo con su propia llovizna, como si arrojase un desafío.

—De rodillas —dijo el guardia de coral. Adrik pensó que les robarían las pertenencias, pero no le importaba. Entraría desnudo en Grithar si hacía falta. Ya quedaba poco.

Se disponía a obedecer cuando vio al mercader descargando arcas con sus hombres al otro lado del navío. Estaba afanado en la tarea mientras comprobaba un pergamino, pero durante un instante iluminado por un relámpago, los rostros del comerciante y el falso esclavo se cruzaron. Y bajo aquellas cejas espesas, Adrik vio lástima.

Uno de los guerreros apuntó hacia los niños e hizo una pregunta silenciosa al guerrero cubierto de escamas. Este se apartó un mechón del rostro y murmuró una única palabra.

—De rodillas, todos —repitió.

Adrik gritó antes de echar a correr hacia su hermano, pero el asta de una lanza se le hundió en la boca del estómago.

—No es personal, muchacho —gruñó una cara surcada de viruelas—. Grithar no puede dar de comer a más bocas que las suyas. No es hogar para el espía, el invasor ni el hambriento.

Hombres ataviados con el cangrejo se situaron tras los viajeros, que se miraban confundidos entre ellos. Los niños solo obedecían cuando notaban las manos ásperas de los guardias sobre los hombros.

—Mantened la fila. De rodillas —dijo el de los ojos negros. Adrik sintió cómo le pateaban las piernas hasta que se dobló. Se resistía, así que el siguiente golpe le sacudió la nuca.

—¡Dalen!, ¡Dalen! —bramó mientras hincaban al pequeño en la tierra negra—. ¡Monstruos!, ¡malnacidos!, ¡solo es un niño! ¡Solo es un niño!

La lanza salió limpia por aquel pecho menudo y nueve años de promesas dieron de beber sangre a la arena.

—¡Dalen! —La garganta no podía contener tanto dolor, que se desbordó por su nariz, por sus ojos, por sus pantalones. Gritó hasta quebrar la voz. No tardó en sentir la punta afilada en la espalda.

Y las gotas de lluvia se mezclaron con sus lágrimas y sus últimas palabras.

lunes, 22 de octubre de 2012

Las tierras del trasgo: Iza


Iza, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

El salón, teñido de bronce por las velas, vibraba con el vuelo de las palabras y el aroma de la carne.

—¡Cuéntanos una de tus historias, Vlad el Viajero! —chilló una voz recién llegada a la madurez desde el fondo de la mesa. Su petición encontró eco en el clamor de los hombres, que golpearon la mesa con los puños para demandar silencio hasta que solo se escuchó el crepitar del fuego bajo los calderos. El rey extendió la mano hacia Vlad el Viajero para cederle la palabra y este se levantó despacio, dejó el tambor con el que gustaba de amenizar las veladas cerca de él y se deslizó los dedos por la barba, como hacía siempre antes de hablar. Cuando hubo terminado de acicalarse cogió el cuerno, bebió largo y alzó la mano libre hacia el techo de la sala.

—Aún hoy me debato al pensar qué fue más difícil, si llegar al corazón de Iza o entender a sus gentes —empezó—. La misma tierra la protege, con muros no de ladrillo sino de montaña: quien quiera adentrarse en ella habrá de ser tan arrojado como el legendario Iksandros o pagar bien, y cuando digo bien quiero decir muy bien, a los guías locales. Y rezar mucho para que no decidan matarte por el camino y quedarse con todo lo que llevas encima. O para no ser emboscado por alguna de las tribus de pastores que moran en las cumbres. Secas, áridas, afiladas, como dentaduras de wyverna puestas a secar al sol, cubiertas por la arena de los años hasta convertirse en picos infranqueables. En verano, el calor hace que tu piel se llene de ampollas; en invierno, la ventisca te la arranca de la carne a jirones.

 —¿Cómo sobreviviste, Vlad el Viajero? —Nadie se hubiese atrevido a sugerir que las peripecias del anciano eran inventadas: por si los recuerdos que traía consigo no bastaban para fulminar el escepticismo, las misivas que recibía la ciudad desde las cuatro esquinas del mundo confirmaba que si en un rincón del continente había seres humanos, estos habían visto a un peregrino de cabellera plateada por sus tierras.

—Pagué a una tribu de la montaña con parte de la plata que llevaba encima. Les dije: «En el interior de la ciudad me espera un amigo, él me dará la otra parte del pago, que será aún más generosa que esta». Así me aseguré de que no me abandonarían a mi suerte. —La estancia rompió en aplausos, encantada por la sagacidad del viajero—. El horizonte no prometía esperanza: solo roca, como olas detenidas en el tiempo. Parecía que en aquella tierra no latía corazón alguno, ya fuese de bestia o de hombre, de animal o de trasgo, así que pregunté sobre el fabuloso ser que mora por los riscos, el leopardo de las nieves.

»Uno de los guías se volvió hacia mí, con su perilla rala y su nariz como un gancho. —Se acercó malencarado a un comensal, que retuvo el bocado entre los carrillos—. "El leopardo es como el rostro de la muerte" —dijo con un elegante siseo, imitando el acento a la perfección—, "si puedes ver sus ojos... significa que ya te ha encontrado". Y volvió la cabeza hacia la ventisca mientras los leopardos afilaban sus uñas en mi imaginación. Por las noches los guías se sentaban en torno al fuego y rezaban, o cantaban, o recitaban, o una mezcla de todo ello, mientras sorbían té. Cuando intentaba hablar con ellos murmuraban algo antes de excusarse, para luego meterse en el catre y esperar sin el menor disimulo que yo hiciese lo mismo. Sé que no me apreciaban, hasta el punto de que cuando llegamos a la ciudad de Saluk levantaron un campamento más allá de sus muros. —Volvió a dirigirse al mismo comensal de antes, que dejó de masticar—. «Si nos engañas, te perseguiremos. Si te perseguimos, te encontraremos. Y si te encontramos, tu sangre dará de beber a nuestros hijos». —Quien le escuchaba tragó entero el bolo de comida, que cayó pesado hasta el estómago.

»Los muros de Saluk son... —Levantó la cabeza con la mirada perdida. Quedó en silencio con el cuello extendido y suspiró despacio—. Son años encerrados en barro cocido, presos en paredes centenarias que han visto nacer y morir naciones a su alrededor. Son testigos que no median palabra con el visitante pero al que, si se acerca mucho, pueden regalarle un sonido que solo ellos atesoran: el latido del tiempo. ¿Podéis oírlo? —Cuando su audiencia contuvo la respiración, golpeó con los dedos el pellejo del tambor, emulando el palpitar de un corazón—. Tan sobrios eran esos muros que cuando vi los leones tallados que custodiaban la entrada, sentí tal reverencia que ante ellos hinqué la rodilla, al borde del llanto, pues supe que así como vieron morir a sus hacedores, nos verán morir a todos los presentes.

»Sin embargo, mayor fue aún mi sorpresa al cruzar las murallas y ver las sencillas joyas que encerraban: en una academia al aire libre, filas de jóvenes escuchaban en silencio al maestro, que les instruía sobre las estrellas... y dejad que os diga una cosa, su toga no era barata. Un palacete flanqueado por torres vigilaba la ciudad desde un alto. Por canales de piedra corría el agua y por sus mercados, el dinero: no eran simples tablones en la calle, sino que el comercio se llevaba a cabo con gran reverencia en una plaza rodeada de columnas blancas.

—¿Era ahí donde estaba tu amigo? —preguntó una voz.

—¿Qué amigo? —contestó el Vlad el Viajero con sorna—. Viajo sin que nadie me espere. Pero tenía que conseguir el dinero, así que al mercado que fui... pues en Iza se vende con facilidad algo que pocas gentes quieren comprar.

—¿Comida? —preguntó una voz.

—¿Vino? —dijo otra.

—Conocimiento —replicó Vlad con cierto orgullo—. Me situé en el centro de la plaza, dejé mis pertrechos en el suelo y hablé en alto del mar y cómo predecir sus vaivenes, de cómo limpiar heridas y de las plantas medicinales, a la vez que desplegaba los mapas cartografiados por mí mismo con las mejores rutas comerciales desde Grithar a Ara: alquimistas, curanderos y mercaderes se agruparon a mi alrededor y pagaron bien. De entre la muchedumbre apareció una mujer vestida de blanco y cargada de mapas: tenía la piel morena, los cabellos en hermosos tirabuzones negros y sus ojos... —Calló un instante—. Sus ojos eran una dulce celda de leche y miel, pues me miró solo una vez, pero cuando los recuerdo sé que sigo encerrado en ellos.

Un bardo pidió la palabra alzando la mano y habló cuidando los ritmos:

—Vlad, turbado y maravillado, sintió admiración al contemplar los muros adornados por leones, ¡pero sintió algo distinto, más vulgar e inapropiado, al notar la resistencia de sus pantalones!

El salón irrumpió en carcajadas como truenos ante la ingeniosa rima. Vlad rio con ganas hasta derramar lágrimas y cuando solicitó continuar su relato, los presentes aporrearon las mesas de nuevo hasta que se hizo el silencio.

—Cuando hube reunido bastante dinero regresé al campamento y entregué lo acordado a los guías. «¿Encontraste a tu amigo?», me preguntaron. A lo que yo respondí: «No. He encontrado algo mejor». Se llamaba Aelena. Bebimos hasta el anochecer y nos amamos hasta el alba. Y mientras comíamos, al día siguiente, aplacado el calor que nos unió, le pedí que me hablase de su tierra, de su historia. Me habló de cómo el general Iksandros llegó hasta la capital de Iza tras conquistar todo a su paso y esperó ante sus muros, desarmado: tras él aguardaban ejércitos de pulido bronce, con las crines de los cascos sucias por el polvo del camino, y a cada lado del conquistador marchaban, majestuosos, sendos leopardos de las nieves. El rey de Iza entendió el significado de aquel encuentro entre hombre y bestias y entregó a Iksandros las llaves de la ciudad. Este se mostró magnánimo en la victoria, tan sabio en el gobierno como en el campo de batalla: respetó las centenarias tradiciones y dejó que la influencia de su imperio plantase su semilla en Iza no mediante la espada, sino a través del comercio, la cultura, las leyes y el respeto que inspiró desde que llegó ante el corazón mismo de la nación habiendo domado a las bestias que todos temen. Por eso el escudo de Iza es, desde que se tiene memoria, dos leopardos de las nieves sobre fondo broncíneo.

—Hay quien dice que Iksandros nunca existió —dijo una voz—. Que es una leyenda, otro de tantos nombres cuyas hazañas se exageran con los siglos.

Vlad sonrió con melancolía.

—Quizá. Pero fuese un mito o un hombre, dejó en Iza un regalo para el continente: un lugar en el que se mezclan el pasado y el presente, lo extinto y lo vivo, el conocimiento de sus ciudades y la brutalidad de sus montañas. Así que propongo brindar —alzó el cuerno, todos le imitaron—, por la leyenda de Iksandros. Que su legado de plazas blancas y mujeres hermosas perdure por los siglos, ¡salud!

El viajero se llevó el cuerno a los labios, pero lo encontró vacío.

—¡Seco!

—¡Vlad está seco!

El escanciador se apresuró en llenar el cuerno y alguien le arrojó un hueso por su tardanza. Los comensales encontraron la escena muy divertida, la música volvió a sonar y los allí convocados retomaron las conversaciones en corrillos.

Vlad se sentó y permaneció callado el resto de la cena, recordando con aire distraído desde el interior de su dulce celda de leche y miel.