miércoles, 3 de abril de 2013

¿Es la fantasía épica intrínsecamente conservadora?

Esta semana llegué, gracias a la bloguera y reseñista Cristina Jurado, a un breve artículo que se hacía eco de una discusión que ha estado bullendo por Twitter. El debate giraba en torno a una idea: si la fantasía época es intrínsecamente conservadora. Escribo mi opinión como viene siendo habitual en mi, a vuelapluma, sin preocuparme mucho por lo que digo o cómo lo digo. No hablo ex cathedra, no quiero sentar opinión, no quiero escribir una tesina sesuda sobre la cuestión. Hola, me llamo Alberto, he escrito un libro de fantasía con trasgos que sabe a lágrimas y a roca. Y esta es mi opinión. Ante la pregunta, ¿es la fantasía épica intrínsecamente conservadora? Yo respondo...

Respuesta corta: 

Yo creo que no. Puede. En cualquier caso, ¿y qué?

Respuesta larga: 

¿Qué es fantasía épica? Las etiquetas no terminan de convencerme: pese a que trato de conocerlas, siempre acabo hecho un lío con ellas. Cuando hablo de El Rey Trasgo, nunca tengo una respuesta buena: tiene algo de fantasía épica, medio libro podría considerarse alta fantasía y el otro medio tiende más hacia la fantasía oscura... ¿Cómo se supone que lo debo definir? Filias y fobias personales aparte, en primer lugar sería conveniente definir y aclarar qué se entiende por fantasía épica en esta discusión: fantasía épica puede ser la historia de una mujer marginada por su condición de mutante, líder del único partido anarquista de un reino feérico gobernado por un tirano al que derroca haciendo uso de su ingenio de una espada que canta nanas cada vez que derrama sangre.

Lo que quiero decir con ello es que etiquetar un género entero se me antoja inapropiado: en vez de etiquetar al género, habría que etiquetar lo que los autores hacen con ese género. La fantasía épica proporciona al autor infinitas posibilidades, le brinda una constelación de historias a cada cual más delirante que la anterior. Son los autores los que se adentran en el género y eligen voluntariamente circunscribir sus relatos al contexto de fantasía en un contexto europeo, blanco y medieval. El escritor Jesús Cañadas ha manifestado en varias charlas y mesas redondas que le gustaría ver autores más valientes en el género fantástico, que se atreviesen a jugar con el que posiblemente sea el más generoso de los géneros, por dar al autor toda la libertad que este pueda querer para crear universos nuevos y rompedores. Quizá lo más adecuado fuese decir que los autores de fantasía épica son intrínsecamente conservadores, porque el genero no lo es. Tampoco es liberal. La fantasía épica no es ni de un color ni de otro: es un colosal cajón de arena en el que cada uno erige el castillo que más le gusta. Si en la torre más alta quiere poner una cruz, una media luna, una estrella roja o a Espinete, es su elección. 

"Alberto, pedazo de autor hipócrita pero no por ello menos atractivo", estará pensando alguien, "tú mucho hablar, pero luego El Rey Trasgo tiene lugar en un contexto medieval, europeo y blanco". A lo cual yo respondo: efectivamente, ese fue el contexto que elegí. ¿Sabéis por qué? Porque es el que más conozco, en el que me siento más cómodo y por encima de todo, el que se me antojaba más apropiado para la historia que quería contar. Aquí está, en mi opinión, el meollo del asunto: aquello que quieras contar. Si utilizas un contexto medieval para contar una historia sobre la libertad y la amplitud de miras, esta tendrá un cariz más progresista. Si utilizas un contexto medieval para promover el mantenimiento del estatus quo, será más conservadora. Es una observación simplista, pero nunca me definí como un hombre inteligente: lo importante es el fondo, no la forma; el contenido, no el continente. ¿Hubiese cambiado algo el mensaje subyacente de El Rey Trasgo en un contexto tardorromano, africano y negro? ¿La reflexión que se hace en sus páginas -más rica o más pobre, eso lo dejo a la valoración de cada uno- sobre el uso del poder y el coraje individual hubiese tenido un prisma muy distinto en una sociedad comunista, asiática o moderna? Creo que no. El concepto de fantasía épica, que no es ni conservador ni progresista, ni todo lo contrario, me brindaba infinitas posibilidades, pero yo elegí optar por un entorno limitado por una serie de motivos. Así que si hay que tachar de conservador a alguien, apuntad a gente como yo. Pero al género dejádmelo en paz.

Hablando de lo cual, hay naciones en el continente de El Rey Trasgo que no son ni medievales ni blancas: Iza se inspira en la antigua Bactria y Aesil está basada en Sumeria. Ambas naciones ya existen en la primera novela, aunque la acción no transcurre en ellas: aparecerán más adelante. Y os garantizo que el mensaje que quiero transmitir en la segunda parte no entenderá de pieles blancas o marrones.

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Trasfondo, intención y etiquetas. Vale, entonces estamos de acuerdo en que la fantasía épica transcurre, mayoritariamente, en un contexto medieval, europeo y blanco. En semejante trasfondo no es raro encontrar reyes despóticos sedientos de poder, gentes humildes que no piensan en liberarse del yugo que las oprime sino en protegerse de los lobos, caballeros que no utilizan su poder e influencia para cambiar el mundo sino para alimentar su ego a través de gestas y mujeres que aceptan su rol de "madresposa" sin cuestionarse que la vida pueda depararles algo más. Personajes que, bajo nuestro prisma moderno, encarnan los estereotipos más rancios de nuestra historia. ¿Pero queréis saber una cosa? Así eran aquellos tiempos. Los reyes eran violentos y estaban hambrientos de poder, las gentes no se planteaban qué era eso de la libertad individual -no hay que irse al medievo para ello-, los caballeros sabían que si sacudían el tinglado alguien más poderoso se ocuparía de quitarlos de en medio y las mujeres nórdicas disponían de vestidos con tela abotonada en el pecho, para poder descubrir sus senos con más facilidad y dar de mamar cómodamente, ya que se pasaban la práctica totalidad de su vida fértil haciéndolo (curiosidad sacada de La vida cotidiana de los vikingos, de Régis Boyer) porque era lo que se esperaba de ellas. El medievo era un tiempo desagradable, brutal, hostil, clasista, en el que el poder daba la razón. Dibujar un medievo sin fronteras ni prejuicios supondría pintar un retrato irreal, hacer wishful thinking histórico, edulcorar una realidad compleja en su brutalidad para convertirla en utopía.

"Pero Alberto, estúpido odre de pura libido", exclamará alguien, "en eso consiste la fantasía, en crear algo que no existe, o en modificar lo que existió hasta darle una forma completamente distinta". A lo que yo respondo: de acuerdo, si quieres crear una sociedad medieval donde los castillos están gobernados por un sindicato de trabajadores, por poner un ejemplo, ¡hazlo! Pero prepárate para dos cosas: en primer lugar, para cambiarlo todo. El modelo de sociedad, las relaciones entre personajes, el lenguaje, las motivaciones. Si realmente impera un pensamiento distinto, que se deje notar en todos los estratos, en cada detalle. Prepárate para ponerlo todo patas arriba. Para dedicar a la forma tanto tiempo como al fondo.

Pongamos que lo haces. ¡Enhorabuena! Ya tienes tu contexto. Y ahora vienen las malas noticias: todo ese trabajo no será lo que determine la naturaleza conservadora de la novela, sino la historia. Si el mensaje que transmites a través de tu relato es un cliché, un refrito o un alegato a favor del estatus quo -"chica busca chico/chico busca chica", "historia de un viaje a través del continente que sirve como viaje iniciático", "elegido de origen humilde marcado por una profecía asciende al heroísmo"-, tu novela va a tener un espíritu puramente conservador, pese al celofán con la que esté envuelta: un contexto progresista no es más que un escenario de cartón-piedra si la historia que transcurre en él pone de manifiesto el conservadurismo creativo de su autor. Si quieres romper moldes es maravilloso que los rompas en el contexto, pero asegúrate de romperlos también en tu intención, en aquello que quieres contar. Pero no lo hagas para que tu novela sea conservadora o progresista, A o B: hazlo para que sea una buena novela, para que enganche, para que resulte fresca y novedosa, para que destaque en el océano de papel que son las librerías. Hazlo en nombre de la calidad, no de las etiquetas.

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Rebeldes de su tiempo. ¿Sabéis qué tiene gracia? Que pese a transcurrir en contextos EEBBMM (europeos, blancos, medievales), muchos de los personajes más importantes de la fantasía épica son adelantados a su tiempo, hombres admirados e incomprendidos por su amor a la libertad, a vivir su propia vida: son luces de individualismo en un continente ensombrecido por la cerrazón y el conservadurismo más absoluto. ¿Repasamos? Imaginad a estos personajes en el medievo histórico. Geralt de Rivia, aventurero promiscuo que vive su propia vida, con sus propias reglas. Bilbo Bolsón, aventurero perteneciente a una suerte de comuna hippie, aficionado a las drogas naturales y la buena mesa, erudito y curioso. Elric de Melnibone, rey que en vez de quedarse en sus tierras a gobernar con puño de hierro se lanza a la aventura en solitario no en nombre de una religión o una causa, sino por su propia sed de aventuras. No sé a vosotros, pero a mí estos protagonistas, que son los que llevan la historia a cuestas, no me parecen conservadores, ni bajo el prisma actual ni muchísimo menos bajo el prisma medieval. Todo lo contrario, más bien. Me parecen inconformistas, rebeldes, personajes con ideas impropias de su tiempo. Hasta Sauron, Señor Oscuro en su Trono Oscuro, ha creado una sociedad en la que conviven en armonía orcos, trolls, magos caídos en desgracia y antiguos reyes humanos muertos hace tiempo.

Comentarios divertidos aparte, mi consejo es el siguiente: no os fijéis tanto en si cada raza tiene su reino -lo cual puede entenderse como un alegato del segregacionismo- o si cada reino tiene su rey, con su corona de brillantes: fijaos en los personajes principales, en qué nos quiere decir el autor con ellos, en qué los motiva, en qué medida se liberan o diferencian de las ataduras del mundo en el que viven y hasta qué punto lo cambian con sus actos, con sus palabras, con su mera existencia. Si la vida de estos protagonistas es un canto a la libertad en un mundo de cadenas, ¿qué pesa más en la naturaleza de la novela, ese mensaje que el autor transmite a través del personaje, o el contexto en el que lo ubica? Yo lo tengo claro.

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A modo de resumen. Sí, los autores de fantasía épica escogen en su mayoría un contexto EBM para narrar sus historias, pero estas no suelen tratar sobre conservadurismo, sino sobre ideas que se me antojan lo opuesto a este principio. Los protagonistas quizá no enarbolen ninguna bandera o se erijan en defensores de un credo, pero lo pretendan o no, cambian el mundo movidos por su espíritu aventurero, cuando no justiciero. Y ahí es, en mi opinión, donde radica el espíritu de una novela y su naturaleza.

O algo.

sábado, 16 de marzo de 2013

Las tierras del trasgo: Qoria


Qoria, de Óscar Pérez. Clic para ampliar

Lauka recordaba bien el día que Padre le explicó por qué siempre pasarían hambre.

—¿Sabes por qué Qoria tiene tantas islas, tantas que no se pueden contar?

Respondió lo único que podía contestar un niño de ocho inviernos.

—Hace años, muchísimos, cuando el abuelo del abuelo de tu abuelo aún no había nacido de la noche a la que un día regresaremos, los qorios olvidaron a sus dioses: dioses antiguos, que gobernaban las mareas y hacían caer el trueno del cielo.

»Por aquel entonces Qoria era muy distinta: en los bosques había caza abundante, jabalíes tan grandes que solo los hombres más valientes podían abatirlos, pero que saciaban de carne a una familia por dos semanas; también venados de astas que parecían desafiar a las ramas de los árboles, majestuosos, barbados como los hombres sabios. Los mensajeros del rey cabalgaban por las planicies para llevar su voluntad a cualquier rincón. Por los ríos navegaban nuestros barcos, que llevaban pieles curtidas a otras naciones y traían manjares del continente.

»Pero todo eso cambió cuando a Qoria llegaron dioses nuevos. Vinieron en las bocas de marinos procedentes de Kara, en los corazones renovados de peregrinos, en los relatos de mercaderes mientras vendían sus telas. Nombres nuevos que no pedían sangre sino palabras; que no necesitaban sacrificios sino devoción. Se extendieron como el musgo por una piedra. En menos de una generación los dioses antiguos agonizaban, pero uno de ellos aún tenía fuerzas para demostrar a los qorios que los dioses no se toman a bien ser desterrados al olvido.

Padre se detuvo un instante antes de continuar. Puso los ojos en blanco un instante y luego le miró muy fijamente, abrazándole con una mirada llena de compasión.

—Dhanor, dios del martillo, asió el arma que utilizará cuando llegue el fin de los días y golpeó a Qoria con ella, como golpea el herrero un hierro que empieza a torcerse. La tierra chilló y se abrió. La sangre que corre por el mundo manó como ríos de fuego, engulléndolo todo a su paso. Un mar airado vomitó olas y corrió libre por las heridas de la tierra. Cuando los cielos se pudieron volver a atisbar a través de la ceniza, bajo ellos se extendía una nación hecha pedazos. Qoria había dejado de ser un lugar acogedor donde se encontraban el verde y el azul: se había transformado en un millar de islas, un reflejo del cielo nocturno.

»Al cataclismo le siguió el caos. Hombres ambiciosos se proclamaron reyes de pequeños archipiélagos e hicieron la guerra entre ellos. Algunos se entregaron a la mar, diciendo que Qoria estaba maldita. Muchos se quedaron, resueltos a aplacar a los dioses antiguos derramando en su nombre toda la sangre que ellos habían reclamado. La tierra dejó de ser generosa: en ella crecen árboles mustios y hierbajos, que sirven de alimento a bestias de tiempos perdidos. También dejó de ser segura, pues nunca se sabe cuándo un señor de la guerra va a poner sus ojos en un islote, por insignificante que sea, para ganar una mínima ventaja en sus luchas de poder.

»Es por ello por lo que nuestra patria tiene fronteras de espuma. Por eso hizo la mar tu abuelo, y su abuelo, y el de este. Por eso la harás tú cuando tengas fuerza para blandir un hacha. Por eso el terror tiene un nombre, y es el de nuestros dioses. ¿Lo has entendido?

Respondió que sí en silencio.

El batir del mar se convirtió en el murmullo de cuya mano caminaba el tiempo. Cuando llegaba la primavera atracaban en una isla pequeña, de playas oscuras y huertos humildes, donde Padre visitaba a una mujer a la que entregaba pescado, carne seca, pieles y abalorios. Lauka esperaba que algún día le llamase Madre, pero nunca ocurrió. Siempre que Padre y la mujer conversaban en una habitación contigua a la suya, Padre le decía que viajase con él, que aquel lugar defendido por media docena de lanzas no era seguro. Ella se negaba. Gritaban; después la mujer lloraba, había un rato de silencio y seguían gritando, aunque de otro modo, hasta quedarse dormidos.

En invierno viajaban al oeste, esquivando las hostiles aguas de Grithar hasta adentrarse en Kara, pues el imperio era grande y no podía defender todas sus costas. Un día muy frío vio matar a Padre por primera vez: el hombre que defendía la playa era un guiñapo escondido detrás de un escudo; Padre pateó la tabla con la que se protegía, arrojándolo al suelo, y hundió su hacha en la arena a través del cráneo. Mientras sus hombres se unían a él en la refriega, volvió la mirada hacia el barco: Lauka tardó en reconocer a Padre en aquella figura hecha de pieles y acero, a cuyos pies temblaba un cuerpo que tardó demasiado en detenerse por completo. Después los hombres se perdieron entre la niebla. Luego llegaron los alaridos.

Pasaron cuatro primaveras. Padre no murió en batalla sino entre fiebres y su cuerpo fue arrojado al mar.

—Ahora tienes que ser un hombre —le dijo uno de los marinos.

Lauka aprendió a pescar y curtir, a coser redes, a navegar, a preguntarle su posición a las estrellas y su destino a los vientos, a defender el barco de los monstruos marinos y a cerrar heridas con aguja e hilo. Aprendió a manejar el hacha y a hacer temible su lanzada, a arrojar una jabalina y recogerla antes de que aterrizase, a romper una formación y a formar parte de un irreductible muro de escudos. Y a honrar a los dioses. Bajaba del barco pronunciando sus nombres, aullaba loas a su gloria mientras quebraba rodelas y cuerpos. Y cuando su propio vástago —hijo de una mujer a la que iba a visitar cada primavera— tuvo suficiente edad y  entendederas le contó la historia de Dhanor, el airado Señor del martillo, que golpeó a Qoria como un herrero golpea al hierro que se tuerce.

Y mientras aquel rostro menudo le contemplaba en silencio, oyendo su historia de dioses y hombres, Lauka sintió un calor que no podían darle las pieles.

jueves, 28 de febrero de 2013

Las tierras del trasgo: Ara


Ara, de Óscar Pérez. Clic para ampliar.

Acertijo arense

¿Qué afila el acero con su toque?
La piedra.
¿Qué hace enloquecer al hombre sin tocarlo?
La mujer.
¿Qué cambia de manos nobles pero no de manos pobres?
La tierra.
¿Qué transforma al pobre en temido?
El poder.

Soy piedra que afila el acero sin tocarlo,
Enloquezco al hombre sin mirarlo,
Hago que cambie de manos la tierra
Y en temido al pobre transformo.
¿Qué soy?

(Arrastra el cursor hasta por la línea inferior para saber la respuesta)
El oro.

miércoles, 30 de enero de 2013

Las tierras del trasgo: Regengrat


Regengrat, por Óscar Pérez. Clic para ampliar

Regengrat se muere.

Se muere porque la idea que la vio nacer recibió el golpe de gracia hace tiempo, dejando tras de sí una nación que se pudre como un cuerpo privado del espíritu que lo movía.

Hubo un tiempo... hace tantos siglos que sus ecos no llegan como voces sino en forma de murmullos tímidos, gotas que con su repicar discreto narran poemas sobre héroes.

Héroes.

Qué palabra tan bella, ¿no es así? Abandona la boca de la mano de un único suspiro, como si estuviese pensada para ser susurrada entre dientes a la vez que se hace acopio de las últimas fuerzas. Y qué evocadora. Hubo un tiempo en el que se me erizaba el vello cuando la pronunciaba con el corazón. Ahora... Ahora me saca una sonrisa nostálgica y una sensación a caballo entre el frío y el calor, como mirar a la mujer amada en el ocaso de la vida.

Los héroes mueren, y Regengrat con ellos.

Hace siglos, el sur del continente era de sus actuales pobladores. ¿Que quiénes los hicieron retirarse hasta las verdes tierras donde aún se refugian? Bueno, pues es una excelente pregunta. ¿Es posible saber qué perros mordieron y cuáles no después de que una jauría dé muerte a un venado? No, ¿verdad?

Lo razonable hubiese sido pedir el socorro de Kara. O imitar las tácticas del enemigo. O abandonar los viejos juramentos que los ataban a una forma de entender el combate a través de duelos entre campeones. Hubiese sido lo razonable... Pero buscar razón aquí, bajo las costillas, es buscar peces en la estepa.

La guerra fue atroz. Se borraron linajes como si sus blasones fuesen de arena. Podrían haber repudiado de sus juramentos en decenas de ocasiones, en cientos, pero no lo hicieron. Estúpidos, testarudos, tercos, antiguos, imbéciles. Malditos sean. Malditos sean...

¿Sabes cómo murió Alric Tamalhain? Abandonó su formación, compuesta por sus compañeros más próximos, y se irguió hacia el enemigo, la carne cubierta de pinturas de guerra y una armadura de plata; el último varón de una saga tan antigua como el continente. Extendió la lanza hacia el comandante enemigo y lo desafió a un combate singular. El enemigo respondió con una andanada de saetas. Las leyendas dicen que hicieron falta tres salvas para abatirlo y que, aún con un soplo de vida, empalado por decenas de astas, llegó a quedar cara a cara frente al comandante enemigo y reunió aliento para proferir sus últimas palabras.

"Dame mi duelo si te atreves". Estaba herido en la garganta, en el rostro, en el pecho. No podía levantar los brazos, siquiera.

Pero solo son leyendas.

Las familias supervivientes se reunieron para hacer un frente común contra sus muchos invasores. Al principio eran doce. Ahora quedan cuatro, si no me falla la memoria, y en una de ellas se rumorea de la reina que es yerma. Todas ellas contemplan los tapices en los que están grabados sus árboles genealógicos, tan extensos que adornan pasillos enteros, mientras se preguntan cuánto tiempo les queda.

No tienen ejércitos, solo levas; no tienen esperanza, solo dolor; no tienen futuro, solo muerte.

Regengrat se muere.

Y yo con ella.
Testamento, autoría desconocida 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Las tierras del trasgo: Corcia


Corcia, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

"Habían cabalgado hasta extenuar a los caballos durante cuatro días, dejando su nación atrás y adentrándose en el reino de Corcia: vecino de Esidia al sur, era una tierra de gloria pasada, de batallas ganadas y guerras perdidas, de ruinas habitadas por leyendas y palacios con columnas de mármol cubiertas de clemátides y jazmines; poblada por campesinos, labriegos, pastores y príncipes tan ociosos como arrogantes envueltos en un ayer recogido en versos que tapaba las vergüenzas de un presente desnudo. Esidia y el resto de reinos fronterizos siempre habían mantenido las distancias con aquella nación triste, eludiendo tanto el conflicto como la alianza, pues si prefería lamerse las heridas y añorar tiempos mejores, ¿quiénes eran ellos para impedirlo? Durante sus días de gloria, Corcia reclamó para sí el oeste del continente, llenando el mar de galeras, hasta que las luchas intestinas terminaron por convertirla en una sombra de lo que fue. Sin embargo, lo más desolador no era el hecho de tener aún fresco el recuerdo de lo que se perdió, sino la absoluta falta de deseo de recuperarlo. Corcia era, a ojos de una buena parte del continente, una nación que reposaba en su lecho de muerte, abandonándose como una dama ebria mientras seductores recuerdos la hacían sonreír de forma bobalicona."

Fragmento de El Rey Trasgo, la Ciudadela y la Montaña

martes, 18 de diciembre de 2012

Batería de novedades

Hay un buen puñado de buenas noticias, así que vamos a ello.

Kelonia Editorial ha lanzado una serie de jugosas ofertas para las fiestas de navidad que os recomiendo estudiar, porque hay opciones muy interesantes. Si andáis detrás de El Rey Trasgo, tenéis la oportunidad de haceros con él en los siguientes packs:
  • ERT + Butterfly (esta última la puedes pedir firmada) por 19€.
  • ERT + El letargo del pájaro de fuego por 26,95€.
  • ERT + Orpheus, ganadora del premio Domingo Santos 2012, por 24,95€.
Podéis acceder al listado completo AQUÍ

Más cosas: Bárbara Hernández -portadista de la novela- tuvo el detalle de dibujar esta maravillosa Naié con acuarelas y tinta. El resultado es espectacular y no puedo sino agradecerle el enorme cariño que ha impreso en este trabajo. Las sombras y la llama de la antorcha son cautivadoras, pero es la mirada la que atrapa: temerosa pero determinada, asustada pero curiosa. Captó la esencia del personaje cuando lo leyó y lo ha vuelto a hacer con esta ilustración. Gracias, Bárbara.

Naié, por Bárbara Hernández. Clic para ampliar.

El Rey Trasgo es una de las recomendaciones de la web FantasyMundo, que ha elaborado un ecléctico listado en el que cabe de todo: desde la fantasía hasta la novela histórica, desde gigantes como Eco, Dick o Pratchet a autores que despuntan con paso firme como Claudio Cerdán y Juande Garduño, pasando por escritores de la talla de Posterguillo, Palma, Negrete y Sisí, que llevan bien alto y con gran éxito el pabellón de los autores españoles. Que el trasgo se cuente entre recomendaciones de semejante calibre me honra. Podéis acceder a él haciendo click AQUÍ o en el símbolo de la web al final del párrafo. Seguro que encontrareis algo de vuestro gusto. 

Dos webs de reseñas más han dedicado sendos análisis a El Rey Trasgo: El Rincón de Koreander (que pronto publicará una entrevista, terminada de responder hoy mismo) y Donde Acaba el Infinito. El autor de este último blog ha presentado su reseña como candidata a los premios Libros y Literatura 2012, así que ya estáis tardando en votarle. Y así, poco a poco, ya son veinte las reseñas sobre el libro. ¿Qué puedo decir que no haya dicho ya? Gracias por hacerlo posible.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Las tierras del trasgo: Grithar


Grithar, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

Durante la travesía gustaba de salir a cubierta, cuando el tiempo le permitía aquel lujo. Lejos, muy lejos, titilaban las luces ambarinas de los faros.

Cuando partió, el navío bañado de alba recibió las caricias del mar con vaivenes tímidos, dejándose lisonjear por sus lametazos. Pero al paso del día, como un amante que ardiese con cada nuevo roce y excitado por la luna temprana, el mar arrojaba furiosos envites, besos de espuma que amenazaban con arrastrar el barco en un abrazo que duraría toda la eternidad. Los truenos y las gotas de lluvia redoblaban sus tambores y barriles, dando música al romance. Dentro de la embarcación, silencio.

Adrik apretó contra el pecho a su hermano pequeño, que se había quedado dormido de tanto escuchar los latidos serenos allí encerrados. Madre, con la sonrisa empapada de sudor, le había llamado Dalen antes de que la vida le abandonase por el cordón umbilical; "Promesa" en la lengua de su tierra. Una promesa para Adrik: abandonar Qoria, donde la única elección para un muchacho era entre el hambre y la muerte, poner rumbo al sur a través de Grithar y no mirar atrás.

Había tardado años en reunir el dinero: segó campos, vendió pieles, limpió cuadras. Cuando le pidieron matar, lo hizo con las manos frías y musitó disculpas entre lloros mientras la sangre se le secaba bajo las uñas. Pero lo había conseguido. A cambio de tres onzas de oro, dos de plata y una de cobre, como era tradición, un mercader les dio la bienvenida a bordo de su barco. "Son esclavos", diría una vez en tierra para explicar la compañía de seis hombres, tres mujeres y tres niños, además de la tripulación, "esclavos para el continente, que los fuertes brazos del norte son tan apreciados como las especias del sur".

Al cuarto día tocaron tierra. Adrik y Dalen escucharon las instrucciones del mercader mientras sentían timbales en cada nervio de sus cuerpos: abandonarían el barco solo cuando él se lo indicase, con las manos atadas y la cabeza gacha. Simular flaqueza no les sería difícil, ya que apenas habían probado el pan durante el viaje, aunque Adrik pensó que quizá le costase contener la sonrisa. Cuando el comerciante se hubo marchado, miró a su hermano.

—¿Estás listo?

Y aquella cabeza, todo ojos y sonrisa apretada, asintió rápido.

Cuando el portón descendió, apenas entró luz. Una cortina de agua se desvió de la cascada que caía del cielo y se estrelló contra ellos como un enjambre. El aire era frío y salino, pero traía promesas en sus húmedas caricias. Más allá del umbral se extendía la negrura de una playa coronada por acantilados, tintada por el fuego de los faros.

Los hombres que rodeaban el barco eran tan siniestros como las tierras que guarecían: ballesteros tocados por capuchas de pico mantenían las armas listas desde los riscos y guerreros de largas melenas cruzaban las lanzas sobre el emblema del cangrejo que vestía sus pechos. En medio, situado ante la abertura que daba acceso al interior del barco, uno de los legendarios guardias de coral. Quizá fuese la capa, la armadura de escamas o el modo en el que resistía estoico los enviones de la tormenta, pero había algo fascinante en su presencia. Adrik tardó en comprobar que los ojos del centinela eran dos enormes cuentas oscuras y cuando lo hizo, se estremeció.

—Fuera del barco —ordenó uno de los guerreros. Obedecieron despacio y cuando el primer cuerpo hubo hundido los pies en la arena, los ballesteros apuntaron al unísono. El miedo interrumpió la marcha de la fila pero Adrik, que la encabezaba, apretó los dientes y avanzó mientras ríos dulces de lluvia se precipitaban por sus facciones. No pasó mucho tiempo hasta que los doce cuerpos maniatados quedaron a la intemperie. Dos hombres de Grithar entraron en la nave y comprobaron que no quedaba nadie. Cerraron la entrada.

Adrik miró hacia atrás para encontrar su mirada con la de Dalen. Lejos, en el mar, una bestia cornuda escupía al cielo con su propia llovizna, como si arrojase un desafío.

—De rodillas —dijo el guardia de coral. Adrik pensó que les robarían las pertenencias, pero no le importaba. Entraría desnudo en Grithar si hacía falta. Ya quedaba poco.

Se disponía a obedecer cuando vio al mercader descargando arcas con sus hombres al otro lado del navío. Estaba afanado en la tarea mientras comprobaba un pergamino, pero durante un instante iluminado por un relámpago, los rostros del comerciante y el falso esclavo se cruzaron. Y bajo aquellas cejas espesas, Adrik vio lástima.

Uno de los guerreros apuntó hacia los niños e hizo una pregunta silenciosa al guerrero cubierto de escamas. Este se apartó un mechón del rostro y murmuró una única palabra.

—De rodillas, todos —repitió.

Adrik gritó antes de echar a correr hacia su hermano, pero el asta de una lanza se le hundió en la boca del estómago.

—No es personal, muchacho —gruñó una cara surcada de viruelas—. Grithar no puede dar de comer a más bocas que las suyas. No es hogar para el espía, el invasor ni el hambriento.

Hombres ataviados con el cangrejo se situaron tras los viajeros, que se miraban confundidos entre ellos. Los niños solo obedecían cuando notaban las manos ásperas de los guardias sobre los hombros.

—Mantened la fila. De rodillas —dijo el de los ojos negros. Adrik sintió cómo le pateaban las piernas hasta que se dobló. Se resistía, así que el siguiente golpe le sacudió la nuca.

—¡Dalen!, ¡Dalen! —bramó mientras hincaban al pequeño en la tierra negra—. ¡Monstruos!, ¡malnacidos!, ¡solo es un niño! ¡Solo es un niño!

La lanza salió limpia por aquel pecho menudo y nueve años de promesas dieron de beber sangre a la arena.

—¡Dalen! —La garganta no podía contener tanto dolor, que se desbordó por su nariz, por sus ojos, por sus pantalones. Gritó hasta quebrar la voz. No tardó en sentir la punta afilada en la espalda.

Y las gotas de lluvia se mezclaron con sus lágrimas y sus últimas palabras.

martes, 20 de noviembre de 2012

Dedicatoria de Bárbara Hernández

Esta es la impresionante dedicatoria que Bárbara Hernández, portadista de la novela, ha hecho para un amigo. Un trabajo increíble, su dominio de la tinta es algo digno de admirar.


jueves, 25 de octubre de 2012

Trasgo de peluche de Creaciones Alraune

Mi amiga Alraune, modista viguesa y adalid femenina del buen gusto, tuvo el enorme detalle de crear este simpático peluche de un trasgo con motivo de la publicación de la novela. La idea, según me contó, nace de la dedicatoria que hice para mi amigo Jaime, que tanto me ayudó a documentarme acerca de la esgrima antigua: en ella, un muñeco de dibujo realiza un movimiento con una espada de mano y media, sobre un muñeco de trapo y madera que representa a un trasgo.

El simpático trasguete de entrenamiento inspiró a Alraune para dar vida al peluche, que precisamente por ser tan diferente a los trasgos de la novela y más parecido a otras representaciones de criaturas fantásticas (en las que tienen rasgos animales), resulta encantador. Si queréis más fotos, podéis encontrarlas haciendo clic aquí. Os recomiendo encarecidamente que visitéis con frecuencia su blog, Creaciones Alraune, donde cuelga todos sus trabajos: abalorios, ropa a medida, steampunk, de época... He podido ver y tocar el resultado y es espectacular, así que no os lo perdáis.   

lunes, 22 de octubre de 2012

Las tierras del trasgo: Iza


Iza, por Óscar Pérez. Clic para ampliar.

El salón, teñido de bronce por las velas, vibraba con el vuelo de las palabras y el aroma de la carne.

—¡Cuéntanos una de tus historias, Vlad el Viajero! —chilló una voz recién llegada a la madurez desde el fondo de la mesa. Su petición encontró eco en el clamor de los hombres, que golpearon la mesa con los puños para demandar silencio hasta que solo se escuchó el crepitar del fuego bajo los calderos. El rey extendió la mano hacia Vlad el Viajero para cederle la palabra y este se levantó despacio, dejó el tambor con el que gustaba de amenizar las veladas cerca de él y se deslizó los dedos por la barba, como hacía siempre antes de hablar. Cuando hubo terminado de acicalarse cogió el cuerno, bebió largo y alzó la mano libre hacia el techo de la sala.

—Aún hoy me debato al pensar qué fue más difícil, si llegar al corazón de Iza o entender a sus gentes —empezó—. La misma tierra la protege, con muros no de ladrillo sino de montaña: quien quiera adentrarse en ella habrá de ser tan arrojado como el legendario Iksandros o pagar bien, y cuando digo bien quiero decir muy bien, a los guías locales. Y rezar mucho para que no decidan matarte por el camino y quedarse con todo lo que llevas encima. O para no ser emboscado por alguna de las tribus de pastores que moran en las cumbres. Secas, áridas, afiladas, como dentaduras de wyverna puestas a secar al sol, cubiertas por la arena de los años hasta convertirse en picos infranqueables. En verano, el calor hace que tu piel se llene de ampollas; en invierno, la ventisca te la arranca de la carne a jirones.

 —¿Cómo sobreviviste, Vlad el Viajero? —Nadie se hubiese atrevido a sugerir que las peripecias del anciano eran inventadas: por si los recuerdos que traía consigo no bastaban para fulminar el escepticismo, las misivas que recibía la ciudad desde las cuatro esquinas del mundo confirmaba que si en un rincón del continente había seres humanos, estos habían visto a un peregrino de cabellera plateada por sus tierras.

—Pagué a una tribu de la montaña con parte de la plata que llevaba encima. Les dije: «En el interior de la ciudad me espera un amigo, él me dará la otra parte del pago, que será aún más generosa que esta». Así me aseguré de que no me abandonarían a mi suerte. —La estancia rompió en aplausos, encantada por la sagacidad del viajero—. El horizonte no prometía esperanza: solo roca, como olas detenidas en el tiempo. Parecía que en aquella tierra no latía corazón alguno, ya fuese de bestia o de hombre, de animal o de trasgo, así que pregunté sobre el fabuloso ser que mora por los riscos, el leopardo de las nieves.

»Uno de los guías se volvió hacia mí, con su perilla rala y su nariz como un gancho. —Se acercó malencarado a un comensal, que retuvo el bocado entre los carrillos—. "El leopardo es como el rostro de la muerte" —dijo con un elegante siseo, imitando el acento a la perfección—, "si puedes ver sus ojos... significa que ya te ha encontrado". Y volvió la cabeza hacia la ventisca mientras los leopardos afilaban sus uñas en mi imaginación. Por las noches los guías se sentaban en torno al fuego y rezaban, o cantaban, o recitaban, o una mezcla de todo ello, mientras sorbían té. Cuando intentaba hablar con ellos murmuraban algo antes de excusarse, para luego meterse en el catre y esperar sin el menor disimulo que yo hiciese lo mismo. Sé que no me apreciaban, hasta el punto de que cuando llegamos a la ciudad de Saluk levantaron un campamento más allá de sus muros. —Volvió a dirigirse al mismo comensal de antes, que dejó de masticar—. «Si nos engañas, te perseguiremos. Si te perseguimos, te encontraremos. Y si te encontramos, tu sangre dará de beber a nuestros hijos». —Quien le escuchaba tragó entero el bolo de comida, que cayó pesado hasta el estómago.

»Los muros de Saluk son... —Levantó la cabeza con la mirada perdida. Quedó en silencio con el cuello extendido y suspiró despacio—. Son años encerrados en barro cocido, presos en paredes centenarias que han visto nacer y morir naciones a su alrededor. Son testigos que no median palabra con el visitante pero al que, si se acerca mucho, pueden regalarle un sonido que solo ellos atesoran: el latido del tiempo. ¿Podéis oírlo? —Cuando su audiencia contuvo la respiración, golpeó con los dedos el pellejo del tambor, emulando el palpitar de un corazón—. Tan sobrios eran esos muros que cuando vi los leones tallados que custodiaban la entrada, sentí tal reverencia que ante ellos hinqué la rodilla, al borde del llanto, pues supe que así como vieron morir a sus hacedores, nos verán morir a todos los presentes.

»Sin embargo, mayor fue aún mi sorpresa al cruzar las murallas y ver las sencillas joyas que encerraban: en una academia al aire libre, filas de jóvenes escuchaban en silencio al maestro, que les instruía sobre las estrellas... y dejad que os diga una cosa, su toga no era barata. Un palacete flanqueado por torres vigilaba la ciudad desde un alto. Por canales de piedra corría el agua y por sus mercados, el dinero: no eran simples tablones en la calle, sino que el comercio se llevaba a cabo con gran reverencia en una plaza rodeada de columnas blancas.

—¿Era ahí donde estaba tu amigo? —preguntó una voz.

—¿Qué amigo? —contestó el Vlad el Viajero con sorna—. Viajo sin que nadie me espere. Pero tenía que conseguir el dinero, así que al mercado que fui... pues en Iza se vende con facilidad algo que pocas gentes quieren comprar.

—¿Comida? —preguntó una voz.

—¿Vino? —dijo otra.

—Conocimiento —replicó Vlad con cierto orgullo—. Me situé en el centro de la plaza, dejé mis pertrechos en el suelo y hablé en alto del mar y cómo predecir sus vaivenes, de cómo limpiar heridas y de las plantas medicinales, a la vez que desplegaba los mapas cartografiados por mí mismo con las mejores rutas comerciales desde Grithar a Ara: alquimistas, curanderos y mercaderes se agruparon a mi alrededor y pagaron bien. De entre la muchedumbre apareció una mujer vestida de blanco y cargada de mapas: tenía la piel morena, los cabellos en hermosos tirabuzones negros y sus ojos... —Calló un instante—. Sus ojos eran una dulce celda de leche y miel, pues me miró solo una vez, pero cuando los recuerdo sé que sigo encerrado en ellos.

Un bardo pidió la palabra alzando la mano y habló cuidando los ritmos:

—Vlad, turbado y maravillado, sintió admiración al contemplar los muros adornados por leones, ¡pero sintió algo distinto, más vulgar e inapropiado, al notar la resistencia de sus pantalones!

El salón irrumpió en carcajadas como truenos ante la ingeniosa rima. Vlad rio con ganas hasta derramar lágrimas y cuando solicitó continuar su relato, los presentes aporrearon las mesas de nuevo hasta que se hizo el silencio.

—Cuando hube reunido bastante dinero regresé al campamento y entregué lo acordado a los guías. «¿Encontraste a tu amigo?», me preguntaron. A lo que yo respondí: «No. He encontrado algo mejor». Se llamaba Aelena. Bebimos hasta el anochecer y nos amamos hasta el alba. Y mientras comíamos, al día siguiente, aplacado el calor que nos unió, le pedí que me hablase de su tierra, de su historia. Me habló de cómo el general Iksandros llegó hasta la capital de Iza tras conquistar todo a su paso y esperó ante sus muros, desarmado: tras él aguardaban ejércitos de pulido bronce, con las crines de los cascos sucias por el polvo del camino, y a cada lado del conquistador marchaban, majestuosos, sendos leopardos de las nieves. El rey de Iza entendió el significado de aquel encuentro entre hombre y bestias y entregó a Iksandros las llaves de la ciudad. Este se mostró magnánimo en la victoria, tan sabio en el gobierno como en el campo de batalla: respetó las centenarias tradiciones y dejó que la influencia de su imperio plantase su semilla en Iza no mediante la espada, sino a través del comercio, la cultura, las leyes y el respeto que inspiró desde que llegó ante el corazón mismo de la nación habiendo domado a las bestias que todos temen. Por eso el escudo de Iza es, desde que se tiene memoria, dos leopardos de las nieves sobre fondo broncíneo.

—Hay quien dice que Iksandros nunca existió —dijo una voz—. Que es una leyenda, otro de tantos nombres cuyas hazañas se exageran con los siglos.

Vlad sonrió con melancolía.

—Quizá. Pero fuese un mito o un hombre, dejó en Iza un regalo para el continente: un lugar en el que se mezclan el pasado y el presente, lo extinto y lo vivo, el conocimiento de sus ciudades y la brutalidad de sus montañas. Así que propongo brindar —alzó el cuerno, todos le imitaron—, por la leyenda de Iksandros. Que su legado de plazas blancas y mujeres hermosas perdure por los siglos, ¡salud!

El viajero se llevó el cuerno a los labios, pero lo encontró vacío.

—¡Seco!

—¡Vlad está seco!

El escanciador se apresuró en llenar el cuerno y alguien le arrojó un hueso por su tardanza. Los comensales encontraron la escena muy divertida, la música volvió a sonar y los allí convocados retomaron las conversaciones en corrillos.

Vlad se sentó y permaneció callado el resto de la cena, recordando con aire distraído desde el interior de su dulce celda de leche y miel.