martes, 16 de abril de 2013

Las tierras del trasgo: Zeridom


Zeridom, por Óscar Perez. Clic para ampliar.

Vlad el Viajero bajó del caballo y dejó que el mozo lo condujese a los establos, no sin un inicial recelo a la hora de entregar las bridas al muchacho: era menudo, con una cara de yeso cuarteado seca como la tierra que pisaba; respiraba deprisa, apresurado, pese a moverse despacio con gestos muy austeros. Se le antojaba un ratón torpe de tan enfermizo, aunque no vio maldad en aquellos ojos que, por algún motivo, imaginaba capaces de ver en la oscuridad.

—¿Qué, qué, qué le trae a Zeridom? —preguntó el mozo, escupiendo la última sílaba como una flema.

—Viajo por el continente —contestó Vlad mientras se quitaba los guantes. Pese a la apariencia mortecina que reinaba en los alrededores, hacía calor en aquel lugar. Un calor muy seco, áspero como una verdad, que le lamía la cara con esparto y le obligaba a multiplicar los parpadeos.

—¡Pues vale! —rezongó el mozo ante la lacónica respuesta. Su caminar era grotesco: avanzaba lento para dar sin previo aviso una sucesión de zancadas desgarbadas, en las que los brazos pendían como pesos muertos y la cabeza yacía laxa sobre un hombro—. ¿Me dará una moneda?

—Si cuando recoja al caballo lo encuentro limpio, te daré una moneda de cobre.

El muchacho volvió la cabeza rápido como un búho. Los labios estaban prietos en la clase de mueca que esbozaría alguien que ha olvidado sonreír.

—¡Gracias, señor! —Y se alejó a trompicones entre las cuadras.

Vlad el Viajero no tardó en reparar en el silencio. Estaba acostumbrado a ser recibido con el estruendo de tenderos y viandantes, pero en aquel lugar podía escuchar con nitidez el trino de los pájaros, el ronco gemido de las ruedas de carro, la canción triste de los bueyes. Las gentes se movían con parsimonia, sumidas en un silencio religioso. No reaccionaban al verle, si es que lo hacían. Apenas cambiaban la trayectoria para esquivarlo. Extrañado e inquieto por aquel comportamiento, optó por alejarse de las calles principales y pasó el día transitando el anillo exterior de la fortaleza, rondando las murallas a paso vivo mientras contemplaba los yermos salpicados de árboles rojos que se extendían a su alrededor.

Cuando cayó el ocaso concluyó que no había visto ni la décima parte de aquel lugar: el castillo era laberíntico, retorcido más allá de la cordura, un caos de escaleras de caracol y galerías de piedra negra. Había pasado ante la misma torre media docena de veces por diferentes caminos: cuando quiso dirigirse hacia ella por una de las rutas que ya había tomado, acabó en un barracón lleno de guardias.

—¿Y la torre? —les preguntó, interrumpiendo su partida de dados.

—Por aquí cerca no hay ninguna torre —dijo uno de ellos sin apartar la mirada de la mesa.

Lo atribuyó a un despiste y siguió pululando tras las almenas.

Cuando el sol apenas era una yema de pulgar, decidió que era un buen momento para recogerse y se encaminó hacia el anillo interior. Dos guardias con armaduras blancas, como de alabastro, le salieron al paso cuando se acercó a uno de los portones que daban acceso a las monstruosas atalayas que se erguían en el centro del castillo. Una de ellas, pulida como una perla, penetraba las nubes hasta perderse tras ellas.

—¿Qué quieres? —preguntó hosco uno de los centinelas. Cuando Vlad el Viajero se llevó la mano al cinto, siguió sus movimientos con un iris lechoso.

—Deseo pasar la noche en el interior del castillo. Estoy recorriendo el continente en una misión de naturaleza especial. Imagino que el sello de este documento suavizará cualquier posible complicación.

El guardia arrebató con rudeza el pergamino y se lo acercó mucho a la cara, como si lo quisiese oler. Tras una lectura diagonal y un vistazo al sello, tomó aire como toro a punto de embestir y miró a Vlad con el desprecio que reservaría para un gusano en la comida.

—No te muevas —dijo antes de desaparecer tras una pequeña portezuela instalada en la propia madera del portón. Vlad aguardó con la sola compañía del otro guardia, al que la caprichosa luz de Zeridom teñía de un violeta muy oscuro. A sus espaldas, las gentes abandonaban las calles con el mismo silencio que les acompañaba al recorrerlas. En el interior de las casas empezaron a nacer destellos ambarinos; no en el castillo, que seguía oscuro como un palacio abandonado.

El guardia regresó pasado un buen rato y le devolvió la misiva con cara de pocos amigos. Su ojo inútil se clavó en el viajero como un puñal de marfil. Habló sereno:

—Dormirás en el castillo, pero con una condición.

—No voy a robar nada, si es lo que les preocupa.

—Tienes cara de saber lo que te conviene, así que sabemos que no lo harás. —El guardia alzó la mandíbula, camuflando sus facciones bajo la incipiente oscuridad—. Pero obedecerás en lo siguiente: mientras haya noche, no saldrás de tu dormitorio.

—¿Perdón? —preguntó Vlad, casi divertido.

—Me has oído perfectamente y alguien estúpido no tendría un sello como el que portas. Así que haz lo que te he dicho: si en el cielo ves estrellas, permanecerás en la habitación. —Hizo una pausa—. Y si no sales de la cama, todavía mejor.

—¿Todavía mejor?

—Para ti y para todos.

—Ridículo —cogió sus bártulos y se dispuso a pasar entre los dos guardias. Estaba a la altura de ambos cuando sintió una mano en el hombro, pesada y con un apestoso olor a cuero.

—No te lo diré otra vez. No salgas de la habitación.

Vlad no se molestó en volverse. Si lo hubiese hecho, la experiencia le hubiese advertido que aquel hombre solo quería protegerlo.


Austera y triste como el funeral de un campesino, con dos velas gruesas escoltando un catre viejo, la estancia era poco mejor que un establo, pero Vlad había pernoctado en lugares mucho peores —como nidos de draco o en un rebaño de carneros—, de modo que asintió satisfecho mientras tiraba el petate a un rincón, antes de encender las velas con lumbre robada de una antorcha y echarse sobre el camastro. A través de la ventana solo se veía un tapete de oscuridad en el que candiles y estrellas brillaban como dos reinos, ámbar y plata, separados por una frontera invisible. Quería repasar los acontecimientos del día, pero el sueño le traicionó durante un parpadeo lento y lo arrastró consigo.

Despertó al notar algo en los labios.

Se desperezó plácido y se puso en pie. Fuera, el reino plateado de las estrellas se erigía ya como soberano único de la noche; a su alrededor, las velas aún encendidas sangraban cera, reducidas a una fracción de su tamaño original. Vlad se tanteó los labios, donde aún flotaba un cosquilleo húmedo con sabor propio.

No había nadie en la habitación. ¿Cómo podía, entonces, estar tan seguro de que le habían besado?

La puerta estaba cerrada, tal como la dejó, pero de algún modo le invitaba a salir.

«Habladurías de aldeano», pensó al evocar la advertencia. Abrió la puerta y se adentró en el pasillo.

La vio acercase por el extremo izquierdo, alertado por el ruido de sus pies desnudos sobre la piedra. Avanzaba hacia él despacio, felina, cruzando una pierna ante la otra hasta ocultar la anterior, bamboleando las caderas. Su piel era seda ebúrnea y su pecho, una invitación al paraíso de areolas rosadas.

—¿Necesita…? —preguntó Vlad mientras la mujer extendía los brazos hacia él—. ¿Necesita… ayuda?

Cuando quedó a poca distancia, dos ojos grises le encadenaron a una mirada de ofidio de la que no se pudo liberar hasta que sintió carne deslizándose a su espalda.

Echó la mirada a un lado: una mano de dama vieja, lechosa y huesuda, invadía su pecho desde los hombros. Sintió aliento en la yugular antes de que unos labios privados de calor empezasen a explorar, despacio, sus trapecios. Se volvió. A sus espaldas, la mirada metálica de una anciana desnuda.

Vlad dio un grito a la vez que se zafaba de aquel cabello enmarañado cual zarzal, de ese rostro cuya piel colgaba como lo haría una máscara mal colocada, de la carne fláccida que había estado en contacto con su cuerpo. Sin perder de vista a ambas mujeres, retrocedió hacia la puerta de su habitación. Temía que le siguiesen, pero pronto comprobó que su miedo era infundado: cada una iba al encuentro de la otra. La dama vieja se había entretenido con él porque estaba en su camino; una vez apartado, prosiguió su trayecto hacia la joven.

Cuando se encontraron, la doncella y la anciana se abrazaron como amantes. Vlad cruzó el umbral cuando habían empezado a besarse con los ojos muy, muy abiertos.

El ruido de sus jadeos le impidió oír la respiración fatigada del viejo que se sentaba sobre el camastro. Solo reparó en él cuando habló.

—¿Dónde está mi reino? —preguntó con una voz quejosa que arrancó otro grito de Vlad—. Se extendía hasta allí, hasta la Cresta de Wyverna. ¿Y mi reino? ¿Qué han hecho con mi reino?

El anciano, pese a su aspecto mustio, lucía una porte noble que el tiempo no había conseguido resquebrajar: una mano sobre la otra, la cabeza alta, la espalda erguida al final de una melena del color de las estrellas. El perfil anguloso añadía personalidad a una voz galante, como en permanente cortejo, y mientras se ponía en pie su túnica granate parecía miel derramándose lenta. Descalzo, dio dos pasos hasta la ventana y miró por ella.

—Lo llamaban “El Reino en el Fin del Mundo”. Un único castillo que atalaya Galaria y el continente. Una aguja que vigila el cielo. Los ejércitos de blanco llevaban gloria en sus estandartes. Dime, desconocido, ¿dónde está mi reino?

—No sé de qué me habla —contestó Vlad, que notaba enfriarse la cortina de sudor que le empapaba la espada.

—Allí —extendió un dedo huesudo—. Debería estar allí. Pero no está. Se lo han llevado. ¿Y mi reino? Lo que con sangre se tomó, con sangre ha de perderse. ¿Cuántos muertos…?

—No sé de qué me habla —repitió Vlad, sintiéndose un idiota al balbucear las palabras. No era capaz de decir nada más.

El anciano caminó hacia el viajero. Vlad observó, para su horror, que dejaba un rastro carmesí a su paso, como si la túnica se deshiciese tras de sí. Cuando colocó sus manos sobre él, no fue capaz de moverse.

—Nos mintieron —dijo mientras le sacudía de los hombros con vigor—. Nos dijeron que eran leyendas, pero existen. Yo no los he visto, ¡pero ellos sí! ¡Me hablaron de ellos! Me dijeron que un día los vería, pero no regresaron, ¡nosotros les asustamos! —continuó, cada vez más alterado—. ¡Les asustamos con nuestra brutalidad, nuestro salvajismo! ¿Y mi reino?

—Le juro que no sé de qué me habla. Por favor, márchese —rogó Vlad—. No volveré a salir de la habitación. Haré lo que me digan. Pero por favor, váyase.

—¡No los veré jamás! —aulló—. ¡Ellos tenían la respuesta, tenían todas las respuestas! Juraron amistad conmigo, Aeduard de Zeridom, ¡pero ya no queda nada! ¡Han desaparecido! —Los ojos amenazaban con desgarrar los párpados. La boca se abría cada vez más con cada grito, hasta que los labios quedaron a un palmo de distancia. Las mejillas se hundían como arena—. ¡Se han ido! ¡No volverán jamás! ¡Ha’krun! ¡Gildah he’then, ha’krun! ¡He’then e Zeridom! ¡He’then e dom a fer! ¡Ha’krun!

La mandíbula se habría convertido ya en las fauces de una criatura sin nombre. Vlad las vio abalanzarse sobre él antes de que todo quedase oscuro.

Le despertó el cantar del gallo. Todo a su alrededor estaba tal y como lo recordaba salvo las velas, que se habían consumido por completo. Cuando se incorporó, notó el abrazo pegajoso del sudor que le cubría todo el cuerpo. Inmediatamente se palpó el cuello en busca de una herida que no encontró y miró por la ventana para ver amanecer sobre el laberíntico castillo de Zeridom. Las proporciones de aquel lugar, su demencial estructura, le hicieron quedar inmóvil y en silencio hasta que el sol terminó de asomar tras las montañas, desterrando las sombras.

—Malditas pesadillas… —murmuró Vlad para convencerse a sí mismo. No lo consiguió.

Al abandonar el lugar, se topó con el guardia que le advirtió. A este no le hizo falta preguntar: el gesto del viajero le dijo todo cuando necesitaba. Vlad, orgulloso, siguió caminando sin decir nada hasta que un nombre vibró en su memoria.

—Por cierto —dijo a la vez que se detenía en seco—. ¿Le suena el nombre de Aeduard?, ¿Aeduard de Zeridom?

El guardia arqueó una ceja.

—Fue nuestro rey hace casi cinco siglos. ¿Por qué lo pregunta?

—Curiosidad —contestó Vlad en voz baja.

Hizo un esfuerzo por traer a su memoria las palabras del anciano, pero fue en vano. Resignado a su suerte, con el miedo derritiéndose bajo el alba como nieve seca, caminó entre la gente silenciosa, entre los muros interminables, con una moneda de cobre bailando entre los dedos por si el mozo había cepillado bien al caballo.

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